Arquitectura, arte e integración: La Iglesia de San Antonio de Padua y la comunidad migrante en Valencia

Fotografía: Fabián Robledo.

Arquitectura, arte e integración: La Iglesia de San Antonio de Padua y la comunidad migrante en Valencia

Introducción

La arquitectura religiosa en América Latina ha experimentado una transformación profunda durante el siglo XX, en la que convergen cambios litúrgicos, sociales y culturales. La Iglesia de San Antonio de Padua, situada en el norte de Valencia, Venezuela, ejemplifica esta evolución al convertirse en un espacio donde el arte, la arquitectura y la pastoral se entrelazan para responder a los retos y esperanzas de una comunidad migrante diversa. Más que un simple lugar de culto, este templo moderno encarna una plataforma de integración y diálogo intercultural, reflejando tanto las influencias del Concilio Vaticano II como las particularidades de un entorno urbano en constante cambio. Este artículo explora cómo su diseño arquitectónico y su expresión artística dialogan con las dinámicas sociales, consolidando a la Iglesia como un punto de encuentro vital para la identidad y la convivencia en Valencia.

Contexto histórico y comunidad parroquial

La Parroquia San Antonio de Padua fue erigida al inicio de la Av. 110 en la Urb. Prebo II de Valencia, a principios de la década de 1990, siendo consagrada el 5 de febrero de 1995, en respuesta a las demandas espirituales y sociales de una creciente población migrante en Valencia. La Iglesia de San Antonio representa un ejemplo paradigmático de la arquitectura eclesial moderna en América Latina. Este templo, dedicado a San Antonio de Padua como patrono principal y a Nuestra Señora de Fátima como copatrona, fusiona elementos del modernismo arquitectónico con tradiciones simbólicas de la Iglesia Católica contemporánea, priorizando la funcionalidad comunitaria y la integración urbana.

Es oportuno señalar que aunque San Antonio es conocido mundialmente como "de Padua" por haber vivido y predicado gran parte de su vida en esa ciudad italiana (donde también murió en 1231), los portugueses lo llaman con orgullo San Antonio de Lisboa, ya que su lugar de origen es precisamente la capital de Portugal.

Fotografía: Fabián Robledo.

Administrada por la Congregación de los Misioneros de San Carlos (Scalabrinianos), fundada en 1887 por el beato Juan Bautista Scalabrini, la parroquia se orienta a la atención pastoral de migrantes y refugiados, principalmente de origen italiano y portugués, integrados con la comunidad venezolana.

Fotografía: Fabián Robledo.

Desde sus inicios, la Iglesia ha actuado como un espacio de integración cultural y espiritual, facilitando la convivencia y la celebración de tradiciones compartidas. Su arquitectura moderna y sus expresiones artísticas, como los frescos, esculturas y vitrales, la convierten en un atractivo cultural y turístico en la región. 

Arquitectura y simbolismo de la Iglesia

La Iglesia de San Antonio de Padua es representativa de la arquitectura eclesial moderna, combinando elementos del modernismo con la simbología católica contemporánea. El edificio presenta una volumetría compacta y masiva, construida predominantemente en ladrillo rojo cocido y concreto armado expuesto, materiales que evocan tanto la tradición vernácula venezolana como las influencias del brutalismo y el racionalismo europeo. El empleo del ladrillo, dispuesto en aparejo regular, aporta textura y calidez, mientras que el concreto otorga solidez estructural, adaptándose a las exigencias sísmicas de la región.

Fotografía: Fabián Robledo.

La planta basilical simplificada, con eje longitudinal y cubierta a dos aguas, se remata con una cruz latina metálica. El diseño integra un campanario independiente y espacios auxiliares destinados a actividades comunitarias y educativas. El atrio pavimentado actúa como plaza de encuentro, reforzando el concepto de ecclesia viva. Construida en un contexto posconciliar (post-Vaticano II), la estructura enfatiza la accesibilidad litúrgica y la participación activa de los fieles, alineándose con los principios de la constitución Sacrosanctum Concilium de 1963, que promueve una arquitectura que facilite la celebración eucarística como acto colectivo.

Fachada y elementos destacados

La fachada principal de la Iglesia se caracteriza por un volumen masivo y compacto, construido predominantemente en ladrillo rojo cocido, un material que evoca la humildad terrenal y la durabilidad inherente a la tradición constructiva vernácula venezolana, mientras incorpora influencias del racionalismo moderno. El ladrillo, dispuesto en aparejo regular con juntas horizontales enfatizadas, confiere una textura táctil y una calidez cromática que contrasta con los elementos de concreto armado expuesto, visibles en columnas, dinteles y cornisas. Este binomio material, ladrillo y concreto, refleja el ethos modernista de honestidad estructural, inspirado en figuras como Le Corbusier y su concepto de béton brut, adaptado aquí a un contexto tropical donde el ladrillo mitiga el calor y el concreto proporciona rigidez sísmica, común en regiones como Carabobo.

Fotografía: Fabián Robledo.

La fachada frontal se organiza en tres niveles jerárquicos, típicos de la arquitectura sacra: El inferior como base terrenal, el medio como transición simbólica y el superior como elevación espiritual. En el nivel inferior, un pórtico soportado por columnas cilíndricas de concreto flanquea la entrada principal, compuesta por puertas dobles de madera oscura con herrajes geométricos minimalistas. 

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Estas columnas, de orden dórico simplificado sin capitel ornamental, evocan la solidez de los pilares de la fe, simbolizando la estabilidad de la Iglesia como institución. El pórtico, con su marquesina cantilever de concreto, protege del clima tropical y funge como nártex externo, invitando a los fieles a una pausa reflexiva antes de ingresar al espacio sacro, recordando el simbolismo católico del umbral como paso del mundo profano al divino.

Sobre el pórtico, se inscribe la dedicatoria latina D.O.M. ET DIVO ANTONIO DICATUM MCMXCV, abreviatura de Deo Optimo Maximo et Divo Antonio Dicatum (Dedicado a Dios Óptimo Máximo y al Divino Antonio, 1995). Esta inscripción, tallada en letras mayúsculas romanas sobre una cornisa blanca, no solo fecha la construcción sino que ancla el edificio en la tradición clásica católica, donde el latín evoca la universalidad de la fe. Simbólicamente, refuerza la dualidad devocional: Dios como entidad suprema y San Antonio como intercesor, patrono de los perdidos y los pobres, alineado con la misión scalabriniana de atención a migrantes.

Fotografía: Fabián Robledo.

El rosetón frontal, un óculo circular vidriado de aproximadamente 4-5 m de diámetro, domina el nivel superior de la fachada. Inspirado en las rosas góticas pero reinterpretado en clave moderna, sin tracería intrincada, con divisiones radiales simples y vidrio translúcido, este elemento actúa como foco lumínico, permitiendo la entrada de luz natural al interior del presbiterio. En términos modernos, representa una fenestration estratégica que optimiza la iluminación pasiva, reduciendo la dependencia energética en un clima ecuatorial. Simbólicamente, en la iconografía católica, el rosetón evoca la rueda de la fortuna divina o el ojo de Dios (oculus Dei), filtrando la luz como metáfora de la gracia iluminadora, similar a las rosas de catedrales como Notre-Dame, pero adaptado a una estética posmoderna que prioriza la claridad sobre la ornamentación excesiva.

Fotografía: Fabián Robledo.

Flanqueando el pórtico, se observan ventanas circulares con vidrieras policromas, dispuestas en pares y tríos, que incorporan motivos abstractos en tonos primarios (azul, verde, rojo). Estas fenestraciones, enmarcadas en concreto rompen la monoliticidad del ladrillo y sugieren un diálogo con el expresionismo abstracto, permitiendo filtraciones cromáticas que enriquecen el interior durante las celebraciones litúrgicas. Funcionalmente, mejoran la ventilación cruzada, esencial en Valencia; simbólicamente, los colores aluden a la Trinidad (azul para el Padre, verde para el Espíritu, rojo para el Hijo) o a virtudes teologales, fomentando una experiencia sensorial que une lo estético con lo espiritual.

Fotografía: Fabián Robledo.

La torre, visible en vistas laterales, se erige como un campanario de planta cuadrada independiente, con aberturas para campanas. Construida en ladrillo, esta torre fusiona el funcionalismo moderno, marcando el tiempo litúrgico y comunitario con el simbolismo católico de la torre como llamada a la oración (adhan eclesial), recordando la transitoriedad humana ante lo eterno. Su posición lateral integra el edificio al paisaje urbano, actuando como landmark visible desde distancias, y refuerza la iglesia como centro cívico-religioso. El atrio inferior presenta pavimentación en mosaico de ladrillo con motivos cruciformes y la inscripción MCMXCV incrustada, simbolizando la cruz como eje de salvación y anclando la fecha de consagración en el suelo mismo, invitando a los visitantes a pisar sobre la historia de la fe.

En su conjunto, la arquitectura externa de la Iglesia de San Antonio prioriza la funcionalidad posconciliar: Accesibilidad universal con rampas implícitas en el diseño escalonado, integración de espacios para catequesis y eventos comunitarios, y un ornamento sobrio que evita el barroquismo colonial venezolano en favor de una pureza geométrica. El ornamento se limita a elementos simbólicos integrados, cruces, vidrieras, inscripciones, alineados con la directriz vaticana de simplicitas  que facilita la participación activa. Esta aproximación no solo responde a limitaciones presupuestarias en la Venezuela de los 1990s, sino que encarna una teología de la encarnación, donde la materia (ladrillo, concreto) se transfigura en vehículo de lo divino, promoviendo una ecclesia inclusiva para comunidades migrantes.

Arte sacro: "Cristo resurgente"

Uno de los elementos artísticos más destacados del templo es la escultura monumental "Cristo resurgente", obra del maestro italiano Aldo Macor (1928–2020), completada en 1994, colocada en el ábside, dominando el espacio presbiterial sobre el altar mayor. Esta escultura de bronce, de 3.50 m, representa a Cristo en el acto triunfal de la Resurrección, de pie, con el cuerpo erguido y dinámico, emergiendo victorioso de la muerte, con una anatomía idealizada y un drapeado dinámico que evoca la tradición renacentista y barroca italiana. La obra actúa como símbolo de esperanza y redención para la comunidad.

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Los brazos se extienden ligeramente abiertos en un gesto de acogida y bendición universal, mientras que la cabeza se inclina levemente hacia adelante, con la mirada dirigida al fiel, transmitiendo serenidad, divinidad y cercanía humana. El tratamiento anatómico es realista pero idealizado, con músculos modelados con precisión y un drapeado del paño de pureza (perizoma) que cae en pliegues naturales y fluidos, añadiendo movimiento y dramatismo a la composición.

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La escultura actúa como foco visual y espiritual, integrándose armónicamente con la arquitectura moderna del templo. Su expresividad combina majestuosidad triunfal con intimidad devocional, invitando a la contemplación de la victoria de Cristo sobre la muerte y simbolizando esperanza y redención para la comunidad parroquial.

Fotografía: Fabián Robledo.

El altar de la Iglesia

La arquitectura de la Iglesia presenta un diseño moderno que fusiona elementos funcionales con influencias neobarrocas, evidentes en la nave principal y el presbiterio. La nave, caracterizada por bancos de madera oscura dispuestos en filas simétricas sobre un piso de mármol veteado, se extiende hacia un altar elevado por escalones rojos y blancos, flanqueado por columnas de ladrillo visto que confieren un sentido de solidez terrena.

Fotografía: Fabián Robledo.

El presbiterio, delimitado por estructuras triangulares de concreto gris que enmarcan el relieve central en bronce ya referido de Cristo resucitado en pose dinámica, integra vitrales circulares y un techo abovedado con murales celestiales, creando una perspectiva ascendente que guía la mirada del fiel hacia lo divino. Esta composición arquitectónica, con su uso de materiales como el ladrillo y el mármol, refleja la estética postconciliar que prioriza la simplicidad y la accesibilidad, adaptada a un contexto urbano venezolano donde la luz natural filtra a través de las ventanas arqueadas, acentuando la integración entre espacio sagrado y comunidad.

Fotografía: Fabián Robledo.

Artísticamente, el diseño del altar y la nave combina tradición iconográfica con expresiones contemporáneas, destacando el relieve broncíneo central, la figura del Cristo, muscular envuelta en telas flotantes que evoca el dramatismo de Bernini como punto focal que contrasta con la sobriedad de las paredes de ladrillo.

Fotografía: Fabián Robledo.

A la izquierda, un Sol radiante dorado simboliza la Eucaristía, mientras que a la derecha un vitral multicolor representa escenas bíblicas, incorporando colores vibrantes que dialogan con el mural celestial del techo, inspirado en el barroco italiano pero ejecutado con paletas tropicales.

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La presencia de banderas nacionales (venezolana, italiana y portuguesa) y elementos como el púlpito verde con paloma del Espíritu Santo, junto a pantallas digitales modernas, ilustran una síntesis estética que equilibra lo histórico con lo actual, fomentando una experiencia visual inmersiva que eleva la liturgia sin sobrecargar el espacio, en línea con las directrices del Concilio Vaticano II para un arte sacro inclusivo y participativo.

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Desde una perspectiva religiosa, el diseño enfatiza la centralidad de la Eucaristía y la comunión eclesial, con el altar como axis mundi adornado por una cruz de Lorena que evoca la Trinidad y la salvación, invitando a la contemplación del misterio pascual. La dedicación a San Antonio de Padua, patrón de los perdidos y los pobres, se alinea con la misión scalabriniana de acoger migrantes, simbolizada por las banderas que representan comunidades diásporicas y refuerzan temas de unidad en la diversidad. 

Fotografía: Fabián Robledo.

Este arreglo espacial, donde el presbiterio se eleva como puente entre cielo y tierra, reforzado por el mural de la Asunción mariana, promueve una teología de la encarnación que integra la devoción popular venezolana, como la veneración a la Virgen de Coromoto, fomentando un sentido de pertenencia espiritual en un templo que sirve como refugio para la fe en un contexto sociocultural plural.

Arte sacro: El mural del techo central "Historia de la Salvación"

En 2018 un temblor dañó parte del techo central, lo que llevó a una restauración y a la creación de una gran obra pictórica por el artista italiano Francesco Santoro (n. 1955). Durante la pandemia (entre 2018 y 2021), Santoro trabajó en un mural al óleo, que representa los 20 misterios del rosario, con la coronación de la Virgen María en el centro. 

Fotografía: Fabián Robledo.

Esta obra, titulada "Historia de la Salvación", cubre 812 m² y fue completada como un rompecabezas de fragmentos de lienzo. El 6 de diciembre de 2022, recibió un Récord Guinness como la pintura al óleo más grande realizada por una sola persona, superando el anterior registro de un artista británico.

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La pintura mural que adorna el techo de la Iglesia representa una composición monumental de carácter celestial, inspirada en la tradición barroca europea pero adaptada a un contexto contemporáneo. 

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La obra, extendida a lo largo del techo abovedado, despliega una escena dinámica de figuras divinas y angélicas suspendidas en un cielo turbulento, donde nubes etéreas en tonos amarillos, verdes y púrpuras crean un efecto de profundidad ilusoria. 

Fotografía: Fabián Robledo.

En el centro, se observa una jerarquía divina: Dios Padre, representado con majestad patriarcal y extendiendo una corona, flanqueado por Cristo en una pose de bendición y la Virgen María ascendiendo en éxtasis, rodeada de querubines y serafines en vuelo. 

Fotografía: Fabián Robledo.

La estética se basa en un equilibrio entre el dramatismo barroco y una paleta vibrante que evoca la luminosidad tropical, con gradientes de color que sugieren un movimiento ascendente, guiando la mirada del espectador desde las sombras inferiores hacia la luz radiante superior, simbolizando la elevación espiritual.

Fotografía: Fabián Robledo.

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Imagen de la Virgen de Coromoto

La escultura de Nuestra Señora de Coromoto, Patrona de Venezuela, ubicada en la Iglesia es una imagen devocional contemporánea tallada en material policromado (probablemente resina o madera estofada), que representa a la Virgen entronizada bajo un arco ojival dorado con columnas rojo y oro. 

Fotografía: Fabián Robledo.

Vestida con túnica blanca bordada en motivos florales dorados, símbolo de pureza y belleza natural, y manto rojo que denota realeza y amor materno, lleva corona real y sostiene en su regazo al Niño Jesús, quien porta un lirio (emblema de inocencia) y un rosario colgante, aludiendo al bautismo, la oración y la evangelización indígena. Su rostro sereno y frontal sigue la iconografía canónica de la aparición de 1652 al cacique Coromoto, adaptada en escala mayor para fomentar la devoción popular, reforzando la identidad nacional venezolana y la protección maternal sobre la patria, especialmente en un contexto de acogida a comunidades migrantes

Otras obras pictóricas de tipo mural

El conjunto de murales restantes que adornan el techo y sus bóvedas, representan una serie narrativa de escenas hagiográficas dedicadas principalmente a la vida y milagros de San Antonio, ejecutadas por el artista italiano Francesco Santoro en un estilo neobarroco que fusiona dinamismo composicional con una paleta cromática vibrante y tropical. 

Fotografía: Fabián Robledo.

Estas pinturas, realizadas al óleo emplean una perspectiva di sotto in su para crear una ilusión de profundidad celestial, donde figuras humanas y angélicas parecen flotar sobre los fieles, evocando las bóvedas de Tiepolo o Rubens pero adaptadas a un contexto contemporáneo latinoamericano. 

Fotografía: Fabián Robledo.

Técnicamente, Santoro utiliza gradientes de color intensos, azules oceánicos, amarillos radiantes y rojos apasionados, para acentuar el movimiento dramático, con pinceladas fluidas que capturan texturas como olas tumultuosas o telas ondeantes, mientras los vitrales circulares intercalados filtran luz natural, potenciando el efecto lumínico y unificando la obra con el espacio litúrgico.

Fotografía: Fabián Robledo.

Fotografía: Fabián Robledo.

Desde el punto de vista simbólico-religioso, los murales ilustran episodios clave de la biografía franciscana de San Antonio, como su predicación a los peces, simbolizando la obediencia de la creación a la palabra divina cuando los hombres la rechazan, la resurrección de un niño ahogado o la aparición milagrosa en un barco durante una tormenta, todos ellos enfatizando temas de fe inquebrantable, caridad y evangelización en un mundo hostil. 

Fotografía: Fabián Robledo.

Fotografía: Fabián Robledo.

Estas representaciones no solo catequizan visualmente a la congregación, alineándose con la tradición post-tridentina de arte sacro como herramienta pedagógica, sino que también integran elementos locales, como fondos paisajísticos que aluden a la geografía venezolana, reforzando la devoción popular.

Fotografía: Fabián Robledo.

El simbolismo culmina en escenas de éxtasis místico y intervención angélica, donde San Antonio emerge como intercesor contra la adversidad, invitando a los fieles a contemplar la providencia divina en medio de la cotidianidad urbana.

Fotografía: Fabián Robledo.

En conjunto, esta serie muralística en techos de Santoro, que complementa el gran techo central, ejemplifica una síntesis entre tradición europea y expresión cultural venezolana, donde la técnica ilusionista y el rigor composicional sirven a una narrativa espiritual que eleva el templo moderno a un espacio de contemplación trascendente, destacando el rol del arte en la revitalización de la fe comunitaria.

Pila bautismal de la Iglesia

La pila bautismal de la Iglesia de San Antonio es una pieza escultórica de inspiración neoclásica tallada en mármol blanco con vetas sutiles, probablemente carrara, que presenta una copa amplia y poco profunda sobre un pedestal acanalado con godrones discretos, rematado en una base circular de mármol rojo veteado (breccia o rosso verona). Su diseño equilibrado y sobrio evoca las pilas renacentistas y barrocas italianas, mientras las leves grietas y pátinas en el borde de la copa revelan un uso prolongado que le confiere autenticidad histórica. Su ubicación, en un espacio lateral, junto a escalones y pavimento marmóreo con franjas negras, delimita un área de transición ritual, armonizando con la estética postconciliar que prioriza la funcionalidad y la durabilidad.

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Desde la perspectiva religiosa, esta pila es el signo sacramental central del Bautismo, puerta de los sacramentos y símbolo de purificación y nuevo nacimiento en Cristo (cf. Rm 6, 3-4). El mármol blanco representa la pureza de la gracia, y su elevación sobre pedestal subraya la dignidad del rito. En el contexto se convierte en lugar de acogida e integración eclesial, donde familias de diversas procedencias incorporan a sus hijos a la fe, reforzando el carácter universal del sacramento. La ausencia de iconografía figurativa desplaza la atención del objeto al acto litúrgico, en plena sintonía con las orientaciones contemporáneas que privilegian la esencialidad sobre el ornato excesivo, logrando así una síntesis armónica entre tradición clásica y modernidad eclesial.

Arte sacro: Esculturas adicionales

La serie de esculturas que adornan la Iglesia de San Antonio, revela una estética neoclásica y realista influenciada por la tradición italiana, con figuras talladas principalmente en mármol blanco o materiales compuestos que imitan el alabastro, destacando un modelado anatómico preciso y expresiones serenas que evocan la devoción barroca de Bernini pero adaptadas a un contexto moderno postconciliar. 

Fotografía: Fabián Robledo.

Fotografía: Fabián Robledo.

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Entre ellas, la estatua de San Antonio de Padua, con su hábito franciscano fluido y gesto bendiciente, exhibe una composición equilibrada que enfatiza la verticalidad ascética, mientras que el busto de San Juan Bautista Scalabrini, fundador de los Misioneros Scalabrinianos, presenta un retrato sobrio y detallado en el rostro, con vestimenta clerical que transmite autoridad pastoral; otras piezas, como la de San Roque con su perro, símbolo de fidelidad, o San Maximiliano Kolbe en pose sacrificial, muestran un dinamismo moderado en las draperías y gestos. 

Fotografía: Fabián Robledo.

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El crucifijo central, con Cristo en bronce dorado, captura un pathos anatómico realista que prioriza el sufrimiento redentor, integrándose armónicamente con las advocaciones marianas como Nuestra Señora de Guadalupe y la Virgen con el Niño, cuyas formas suaves y coronadas acentúan la maternidad divina mediante un pulido impecable que refleja la luz natural del templo.

Fotografía: Fabián Robledo.

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Desde una perspectiva simbólica-religiosa, estas esculturas sirven como focos devocionales que refuerzan la misión scalabriniana de acogida a migrantes, con San Scalabrini como "Padre de los Migrantes" simbolizando la protección en el éxodo, y San Roque invocando sanación en tiempos de plaga y peregrinación; las figuras femeninas, como Santa Teresa de Lisieux con rosas o la Virgen de Fátima, enfatizan temas de pureza y oración intercesora, mientras el conjunto promueve una catequesis visual en un espacio litúrgico que fusiona tradición europea con sensibilidad latinoamericana, fomentando la contemplación espiritual sin excesos ornamentales.

Fotografía: Fabián Robledo.

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La Academia de Arte

La parroquia también gestiona la Academia de Arte Giovanni Battista Scalabrini, dedicada a la formación artística con un enfoque en valores espirituales y culturales. Esta institución ha producido diversas obras para la iglesia y contribuye activamente a la integración social de los migrantes, consolidando el papel del arte como mediador intercultural.

Conclusiones

La Iglesia de San Antonio de Padua en Valencia ilustra cómo la arquitectura y el arte sacro pueden convertirse en agentes de integración social y cultural, especialmente en contextos marcados por la migración. Su diseño, lejos de replicar modelos tradicionales, apuesta por una síntesis contemporánea que responde tanto a necesidades litúrgicas actuales como a la identidad plural de su feligresía. La elección de materiales, la disposición de los espacios y la integración de obras artísticas, revelan una vocación de apertura y acogida que trasciende lo meramente funcional. Así, este templo no solo cumple una función devocional, sino que se consolida como un testimonio vivo de diálogo, memoria y encuentro entre culturas en el espacio urbano venezolano.


Fabián Robledo Upegui.

Enero, 2026.


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