Entre cabillas, zunchos y espacio: El entramado que da vida a una enigmática escultura en el Rectorado UC

Fotografía: Fabián Robledo.

Entre cabillas, zunchos y espacio: El entramado que da vida a una enigmática escultura en el Rectorado UC

En una visita que realicé hace unos pocos días al Rectorado de la Universidad de Carabobo (UC), ubicado en la Avenida Bolívar Norte de Valencia, advertí una peculiar escultura ubicada cerca de la Dirección General de Organización Institucional (DIGOI) de la UC y de la Secretaria del Consejo Universitario (SCU), en antesala al Despacho Rectoral y el Despacho del Vicerrectorado Administrativo.

En tan crucial e importante localización del núcleo universitario, se observa que escultura es una pieza abstracta no figurativa de media escala. Se trata de una estructura abierta, vertical y aérea, compuesta por varillas de acero corrugado, conocidas comúnmente como “varillas de construcción”, zunchos o rebar (reinforcing bar), dobladas, entrelazadas y soldadas para formar un volumen irregular que evoca una jaula expandida, un enjambre de líneas o una forma orgánica contenida en tensión. La pieza se eleva sobre una base de concreto cuadrada y está pintada uniformemente en un rojo intenso, mate o semimate, que resalta contra el entorno tropical y arquitectónico del campus.

Fotografía: Fabián Robledo.

El material principal es acero de refuerzo estructural (hierro corrugado de diámetro variable, probablemente entre 8 y 12 mm), un elemento industrial de bajo costo y alta resistencia, ampliamente disponible en contextos de construcción venezolana. La técnica empleada combina el doblado manual o mecánico de las varillas, que genera curvas orgánicas y torsiones, con soldadura (probablemente arco eléctrico o MIG, gas inerte de metal), creando un ensamblaje lineal y reticular sin superficies cerradas. La pintura roja, aplicada en capas protectoras (posiblemente epoxi o esmalte industrial), no solo confiere unidad cromática, sino que también actúa como barrera anticorrosiva inicial. 

Esta elección material y técnica remite a la tradición del constructivismo escultórico de la segunda mitad del siglo XX, particularmente en la línea del constructivismo geométrico y la exploración espacial que caracterizó el arte moderno del país durante el período 1958-1998, y donde el artista transforma materiales industriales “pobres” en vectores de expresión poética, tal como lo teorizó Vladimir Tatlin (1885–1953) en sus contrarrelevos o Naum Gabo (1890–1977) en sus estructuras espaciales transparentes.

Aunque no presenta movimiento real (como las vibrantes piezas cinéticas de Jesús Soto o Carlos Cruz-Diez), su estructura reticular y abierta dialoga directamente con la obra de Gertrud Goldschmid, Gego (1912–1994), cuya serie de Reticuláreas (1969-1980s) utiliza alambre y metal para crear redes suspendidas que cuestionan la frontera entre dibujo, escultura y espacio arquitectónico. Al igual que Gego, esta pieza privilegia la línea como elemento autónomo y genera un volumen virtual mediante la acumulación de trayectorias; sin embargo, su uso de varillas gruesas y corrugadas introduce una cualidad más industrial y “bruta”, cercana al constructivismo latinoamericano de artistas como Víctor Valera o Francisco Narváez en sus etapas abstractas de hierro soldado.

En el contexto venezolano, la obra refleja el auge del arte público universitario durante las décadas de 1970-1990, cuando las instituciones públicas, como la UC o la UCV, incorporaron esculturas abstractas para simbolizar modernidad, racionalidad y apertura intelectual. El rojo vibrante puede leerse como un eco del color político y vital de la época (revolución, energía, sangre), pero también como una afirmación formal que contrasta con el verdor tropical y la arquitectura colonial-republicana del antiguo edificio de la estación ferrocarrilera de Camoruco en Valencia.

Fotografía: Fabián Robledo.

Estéticamente, el rojo intenso introduce una dimensión cromática, dotándola de una energía vital y contrastante que dialoga agresivamente con el verde arbóreo del fondo y el azul del cielo, evocando temas de vitalidad industrial o pulsación orgánica contenida en forma geométrica. Esta policromía metálica genera un impacto retiniano inmediato, donde el brillo especular de las cabillas bajo la luz diurna acentúa su ritmo lineal y crea ilusiones ópticas de movimiento, posicionándola como un vector de dinamismo en el paisaje académico y burocrático.

El autor de esa escultura parece haber perseguido una reflexión sobre la tensión entre orden y caos, contención y expansión, materia e inmaterialidad. La estructura abierta, casi laberíntica, sugiere una jaula que no aprisiona, sino que libera: Las varillas se curvan y entrecruzan sin cerrarse completamente, creando un espacio permeable al aire, la luz y la mirada. Desde una perspectiva existencialista, la pieza podría evocar la condición humana en un entorno de precariedad material (como el de Venezuela en periodos de crisis económica y política), donde el ser se construye a partir de fragmentos industriales, en constante riesgo de desintegración. Alternativamente, desde el materialismo de las artes constructivas, representa la transformación de lo utilitario en lo contemplativo: El zuncho o rebar, símbolo de la construcción nacional, se convierte en metáfora de la construcción del conocimiento universitario.

Fotografía: Fabián Robledo.

Otras lecturas posibles incluyen la crítica a la rigidez institucional (la “jaula” del sistema educativo) o una celebración de la libertad creativa en el espacio académico. En cualquier caso, la ausencia de figuración invita al espectador a proyectar sus propias asociaciones, alineándose con la teoría de la recepción de Umberto Eco y la apertura interpretativa del arte moderno.

La peculiar disposición de la obra  genera un efecto de ligereza aparente, donde la verticalidad de los soportes inferiores confiere una sensación de ascenso y tensión gravitacional, amplificada por la luz solar que proyecta sombras nítidas sobre el suelo de césped, ladrillo y concreto, delineando contornos que enfatizan su tridimensionalidad. 

Instalada en el corazón del Rectorado y sus fuerzas vivas, espacio simbólico de autoridad académica y encuentro universitario, esta escultura actúa como contrapunto visual y conceptual a la arquitectura historicista del edificio. Su verticalidad ascendente y su permeabilidad visual rompen la solidez del entorno construido, introduciendo dinamismo y ligereza. Invita a la pausa reflexiva en medio del tránsito peatonal cotidiano, convirtiéndose en un “lugar de pensamiento” que refuerza la misión de la universidad como espacio de cuestionamiento y abstracción. Debe ser contemplada porque, en su aparente simplicidad, condensa preguntas esenciales sobre forma, materia y percepción, potenciando la experiencia estética del antiguo e improvisado campus rectoral, y contribuye al patrimonio artístico vivo de la institución.

Al estar expuesta al exterior en un clima  tropical húmedo (alta insolación, lluvias frecuentes, contaminación urbana), la pieza enfrenta riesgos de oxidación acelerada bajo la pintura, decoloración, acumulación de polvo, excretas de aves y deterioro de soldaduras. Se recomienda al curador o conservador responsable lo siguiente:
  • Limpieza periódica con agua a presión baja y detergente neutro, seguida de aplicación de inhibidores de corrosión.  
  • Inspección anual de soldaduras y aplicación de repintes localizados con pintura epoxi anticorrosiva de alta durabilidad (color idéntico).  
  • Protección temporal durante eventos climáticos extremos.  
  • Monitoreo de estabilidad estructural, dada la esbeltez de las varillas.
Adicionalmente, es imperativo colocar una placa identificatoria cercana (de bronce o acero inoxidable, con texto grabado) que incluya el título original dado por el autor, o al menos el título provisional (por ejemplo, “Sin título” o “Estructura reticular roja”), el nombre del autor, si se identifica quién fue, cuestión que yo no pude lograr en mi breve visita, año aproximado de ejecución, técnica artística o de construcción y, si aplica, donante. La ausencia de esta información al lado de la obra genera una “orfandad plástica” que priva al espectador de contexto histórico, temporal y de autoría, dificultando la apreciación plena de la pieza y la investigación académica. Esta práctica es estándar en instituciones con patrimonio artístico y pleno desarrollo museológico, y contribuiría a dignificar la interesante obra.

Fotografía: Fabián Robledo.

La escultura provoca una experiencia cinestésica y óptica intensa: Su escala  mediana genera sensación de envergadura y fragilidad simultánea; las líneas curvas y entrecruzadas inducen movimiento ocular continuo, casi hipnótico; el rojo saturado produce activación emocional inmediata (vitalidad, alerta, pasión). A distancia, parece un organismo vivo en expansión; de cerca, revela la rudeza táctil del metal industrial, invitando al tacto (aunque desaconsejado). El conjunto estimula una mezcla de inquietud y fascinación: La obra no es cómoda, pero sí profundamente estimulante, evocando el pulso de una modernidad venezolana que, aun en tensión, persiste en afirmar su presencia espacial y simbólica. Piezas como esta, modestas en medios, ambiciosas en concepto, son esenciales para entender cómo el arte abstracto puede transformar un campus universitario en un verdadero laboratorio de percepción y pensamiento.

Esta obra, sin título que la acompañe de cerca, recuerda que el arte abstracto no impone un significado único, sino que lo genera en el encuentro. Como afirmó Gego, la ya mencionada artista alemana-venezolana de referencia inevitable en este tipo de obras abstractas constructivas, en relación con sus Reticuláreas y columnas de alambre: “Yo uso las líneas para definir espacios, para definir el espacio mismo”. Esa frase encapsula con precisión la esencia de la pieza: Transforma varillas ordinarias en vectores que no solo dibujan un volumen, sino que activan y cuestionan el espacio circundante. Gego enfatizaba cómo la línea no es mero contorno, sino un elemento autónomo que genera y habita el espacio, sin cerrarlo ni definir volúmenes sólidos, idea central en sus redes suspendidas y estructuras lineales.

En el corazón del Rectorado de la Universidad de Carabobo, estas varillas rojas no solo ocupan un lugar; lo redefinen, lo abren e invitan a estudiantes, profesores, trabajadores, pensionados y visitantes, a habitar un espacio de reflexión continua sobre la materia, la forma y la libertad creativa.

Fabián Robledo Upegui.

Febrero, 2026.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Hiroshima: ¿La Bomba Atómica salvó vidas?

Venezuela libre: El nacimiento turbulento de una identidad que desafió a la Gran Colombia

Esculturas al viento: Redescubriendo el Museo al Aire Libre Andrés Pérez Mujica de Valencia