Técnica y Humanidad: La mano gigante reciclada que une arte, tecnología y conciencia ecológica en el Norte de Valencia
Técnica y Humanidad: La mano gigante reciclada que une arte, tecnología y conciencia ecológica en el Norte de Valencia
En el corazón de la urbanización El Viñedo, al Norte de la ciudad de Valencia, estado Carabobo, Venezuela, se erige una nueva e imponente escultura que adorna la entrada del moderno edificio de un operador de telecomunicaciones, ubicado en la Av. Monseñor Adam, al frente del bulevar Humberto Celli. Colocada en una antesala abierta directamente a la intemperie, esta obra es visible con claridad para los transeúntes, ya sean peatones o conductores, convirtiéndose en un punto focal que interrumpe el flujo cotidiano de la vida urbana.
Denominada Tecno Evolución esta mano colosal de metal y circuitos reciclados sorprende al visitante o al transeúnte desprevenido, invitándolo a detenerse, contemplarla y analizar sus capas de significado, donde la tecnología descartada cobra vida para cuestionar el vínculo con el progreso digital y sus consecuencias ambientales.
La escultura Tecno Evolución, según referencias recientes en redes sociales y fuentes artísticas, representa una intervención contemporánea en el ámbito del arte reciclado, siendo creada por el joven y talentoso artista venezolano Josué Benjamín Figueroa, referido en plataformas digitales como @mundodeplastilinadejosue.
Esta obra, develada a finales de 2024, se inscribe en la tradición del assemblage y el upcycling, donde el artista transforma desechos electrónicos (e-waste) en una forma antropomórfica que fusiona lo orgánico con lo mecánico, evocando una narrativa sobre la intersección entre la Humanidad y la tecnología en la era digital. Desde una perspectiva artística, la técnica empleada combina elementos de escultura constructivista con influencias del arte povera y el ready-made duchampiano, al reutilizar materiales encontrados sin alterar drásticamente su esencia industrial.
Los materiales principales consisten en restos de equipos, módulos, tarjetas electrónicas, circuitos impresos, capacitores, resistores, cables, disipadores de calor y otros componentes de dispositivos obsoletos, como computadoras y aparatos electrónicos, que se acumulan en la base y se integran progresivamente en la estructura superior.
La construcción parece implicar un armazón metálico para la mano, posiblemente de acero, hierro o aluminio, sobre el cual se adhieren los desechos mediante soldaduras, adhesivos o fijaciones mecánicas, creando una transición gradual desde el caos amorfo de la base de planta cuadrada, subiendo por una pendiente piramidal hasta la forma definida de los dedos, lo que sugiere un proceso laborioso de selección y ensamblaje manual para lograr equilibrio estructural y visual. El objetivo simbólico radica en representar la evolución tecnológica, es decir, la simbiosis inevitable entre el ser humano y la tecnología, donde la mano emerge de un montículo de basura electrónica como un gesto de renacimiento o ascensión, simbolizando tanto el poder creador de la innovación tecnológica como su sombra destructiva en forma de residuos acumulados.
Su carácter figurativo es evidente en la representación realista de una mano humana en gesto de extensión o agarre, con articulaciones segmentadas que remiten a una prótesis robótica, lo que invita a interpretaciones sobre la transhumanidad, la dependencia tecnológica y la eventual dominación de la inteligencia artificial sobre lo biológico. Posibles significados incluyen una crítica al consumismo digital, donde los desechos representan el ciclo vicioso de obsolescencia programada, y una alegoría ecológica sobre la necesidad de reciclar para evitar el colapso ambiental, alineándose con discursos posmodernos que cuestionan el progreso lineal de la modernidad. En términos de crítica artística, esta obra destaca por su relevancia en el contexto del arte ecológico contemporáneo, similar a las intervenciones de artistas como Vik Muniz o Elias Sime, quienes también emplean residuos para denunciar impactos ambientales, siendo posible que la obra trascienda el mero espectáculo visual, dada su escala monumental y ubicación urbana, que la convierten en un catalizador efectivo para el diálogo público sobre sostenibilidad.
En relación con el arte y la ecología, la escultura ejemplifica cómo el arte puede funcionar como activismo, transformando el desperdicio en belleza para sensibilizar sobre la crisis global de e-waste, que genera millones de toneladas anuales de contaminantes, promoviendo así una ética de reutilización que desafía la cultura del descarte.
Respecto a la consideración ambiental, puede preguntarse si la obra representa o no una amenaza potencial al estar expuesta al aire libre, ya que los componentes electrónicos tal vez contienen sustancias tóxicas como plomo en las soldaduras, cadmio y mercurio en capacitores y baterías residuales, berilio en conectores, y retardantes de llama bromados en los plásticos de los circuitos, visibles en las imágenes como capacitores azules y amarillos, chips integrados y cables recubiertos.
Sería pertinente que los especialistas determinaran si la exposición a la lluvia y a la radiación solar de la obra en su sitio actual podrían o no provocar lixiviación de estos compuestos, liberando metales pesados al suelo y al agua subterránea, y saber si en su opinión calificada ello pudiera o no generar contaminación persistente, toxicidad para la fauna y riesgos para la salud humana como problemas neurológicos o cáncer, exacerbando el problema ecológico que la escultura pretende criticar.
Para la preservación de esta peculiar y moderna escultura, pudiera consultarse a los especialistas ecológicos y ambientales si en su opinión sería necesario o conveniente aplicar selladores protectores transparentes o resinas epóxicas sobre los componentes para prevenir la corrosión y la liberación de toxinas, siendo recomendable realizar inspecciones periódicas para reparar daños estructurales causados por intemperie, y considerar su reubicación a un espacio cubierto como un museo o galería para minimizar la exposición ambiental, colaborando con expertos en restauración ecológica para monitorear y mitigar cualquier impacto, asegurando así que la pieza mantenga su integridad artística sin comprometer el medio ambiente, en armónica concordancia con su simbolismo.
El autor de la escultura, joven artista venezolano Josué Benjamín Figueroa, con esta obra monumental realizada a partir de residuos electrónicos, demuestra una madurez creativa excepcional y un compromiso profundo con los temas urgentes de nuestro tiempo: La fusión entre Humanidad y tecnología, el reciclaje como acto de resistencia y la sensibilización ecológica a través del arte. Su habilidad para transformar desechos en una pieza de gran impacto visual y conceptual lo posiciona como un ejemplo inspirador para la nueva generación de escultores, que encuentran en el upcycling y el assemblage herramientas poderosas para cuestionar el consumismo y contribuir a un futuro más sostenible, demostrando que el arte contemporáneo puede ser, al mismo tiempo, bello, provocador y responsable.
El agua y el aire, los dos fluidos esenciales de los que depende la vida, se han convertido en latas globales de basura.
— Jacques-Yves Cousteau.








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