Trading para principiantes en Venezuela: una forma rápida de perder dinero mientras se cree un tiburón de Wall Street
Trading para principiantes en Venezuela: una forma rápida de perder dinero mientras se cree un tiburón de Wall Street
Introducción
Esto del trading me empezó a sonar porque en Instagram apareció un sujeto con una gorra plana y una cadena de acero mostrando un celular con números verdes. El tipo decía que era trader, que no trabajaba para nadie y que se levantaba a las once de la mañana después de haber ganado doscientos dólares mientras desayunaba. Yo, que soy un mortal que todavía cree que la Bolsa de Valores es donde se guardan los cambures, me dije: esto tiene que ser mentira o es el negocio más grande desde la venta de dólares piramidal por Telegram.
Así que me puse a investigar, vi unos videos de un jóven que hablaba de "velas japonesas" (que no son ni velas ni japonesas). En efecto, los gráficos esos que usan los traders se llaman velas japonesas, y no, no son velas de cera que se compran en la iglesia ni tienen nada que ver con Japón más allá del nombre. Resulta que hace siglos un comerciante de arroz japonés inventó un dibujo para ver si el precio del arroz subía o bajaba en un período de tiempo. Cada vela es una barrita con mecha que sale arriba y abajo: si la barrita es verde, significa que el precio subió en ese rato; si es roja, que bajó. Suena razonable hasta que ves a un trader pasarse tres horas mirando velas cada cinco minutos, como si esas barritas le fueran a revelar el sentido de la vida o el número del Kino Táchira. Las velas japonesas son simplemente un dibujo de sube y baja, pero el nombre hace creer que usted está haciendo algo ancestral y samurái cuando en realidad está viendo si su dinero se quema como una vela de verdad.
Y entre tanto video, me topé con dos personajes famosos en el mundo del trading de habla hispana: Santiago Magnin y Franco Musso. El primero es un argentino que se volvió famoso por decir "esto no es un jueguito" mientras señala con el dedo a la cámara, y el segundo es un chileno que tampoco se anda con rodeos. Ellos mismos han hecho videos enteros advirtiendo que el trading no es para hacerse rico rápido, que la mayoría pierde dinero y que el apalancamiento es peligrosísimo. Lo irónico es que estos mismos señores venden cursos y tienen comunidades de pago, así que por un lado te asustan y por el otro te dicen que con su método sí vas a ganar. Pero al menos ellos te dicen la verdad a medias: que esto no es un jueguito. A diferencia de los gurús venezolanos que aparecen en Instagram con frases como "échale piernas que el mercado te recompensa", Magnin y Musso al menos te avisan que te puedes quedar en la calle.
Esto fue lo que pude rescatar, entre la desconexión recurrente de Internet, y el obsequio de los apagones del proveedor de servicio eléctrico único y centralizado, cada vez que intentaba entender qué es un apalancamiento. Advertencia: tal vez voy a explicarlo con errores y omisiones, pero al final el que termina peor es el lector, si se cree el cuento del trading urbano.
Por cierto, la palabra trading no existe en español. Lo dice la RAE, no Juan Bimba en su versión bodymodder automutilante con piercing y tatuajes. El término correcto es negociación bursátil o, siendo más honestos, compraventa especulativa. Pero como eso no vende cursos, siguen diciendo trading para que el incauto, crea que está haciendo algo sofisticado, cuando en realidad es el mismo negocio del señor que compra dólares en la calle y los revende más caro, solo que con una app y peor conexión. Así que ya sabe: no sea trader, sea revendedor de activos digitales desde el sofá. Suena más humilde y duele menos cuando pierda la plata.
1. En qué consiste el trading
El trading es comprar y vender algo muy rápido para ganarle al vecino. Ese algo puede ser acciones de una empresa que ni sabía que existía, como una tal MicroStrategy que según Google vende programas raros y según los traders es la gallina de los huevos de bitcoin. También puede ser criptomonedas, que son monedas que no se pueden tocar, no están en ningún banco y valen lo que diga un loco en Twitter. O puede ser el dólar mismo, pero el digital, o sea el mismo dólar pero con más pasos para perderlo. La mecánica es sencilla: usted cree que va a subir el precio, compra, y si sube, gana. Si baja, pierde. Pero como nadie sabe si va a subir o bajar, todo se reduce a adivinar.
Es exactamente igual que jugar al chance, pero en lugar de una lotería tradicional usted tiene unos gráficos que parecen un electrocardiograma de un paciente con sobredosis de café. Las aplicaciones como Binance, Etoro o Plus500 son como esos puesticos cerca de la catedral, donde usted le pide un milagro a la santa: deposita sus reales, aprieta un botón y espera que el cielo le sonría. Lo que no le dicen es que la santa casi nunca cumple y cuando cumple, el milagro viene con una comisión del dos por ciento y una tasa de cambio que parece chiste.
2. La complejidad tecnológica y económica
La tecnología del trading es un camuflaje perfecto. Hablan de blockchain, que yo entendí que es una cadena de bloques como los que usan los presos, pero en realidad son un montón de computadoras en China adivinando números para que usted pueda comprar un perro digital llamado Dogecoin. El apalancamiento es otro invento diabólico: es un botón que dice multiplicar por diez, y uno cree que va a ganar diez veces más, pero lo que no le explican es que si el mercado se mueve un poquito en contra, usted pierde diez veces más rápido que un motorizado que se mete en la Autopista Regional del Centro sin casco. Es como pedirle prestado el carro a su suegro para hacer un pique: si gana, queda como un rey; si pierde, le toca vender la cocina para pagar los daños.
Los gráficos de velas japonesas son otra tontería con nombre bonito: son barras rojas y verdes que suben y bajan como el ánimo de una adolescente en cuarentena. Y encima le meten líneas llamadas soportes y resistencias, que son como la raya de la parada autobus: usted cree que ahí se para el dolor, pero siempre termina pasándose en la pérdida total.
3. Los beneficios prometidos
El marketing del trading es una obra de arte digna del Teatro Teresa Carreño. Los gurús aparecen en redes con ropa blanca, lentes de sol importados y frases como "el único riesgo es no intentarlo" o "el pobre no arriesga, el rico se arriesga". Te venden la idea de que con diez dólares que le sacaste a la cesta del día puedes comenzar a construir un imperio financiero. Es como creer que con un solo ladrillo del cementerio te haces un penthouse en Altamira o el Country. Dicen que puedes vivir de ingresos pasivos, que es otra forma elegante de decir que no quieres trabajar como el resto de los mortales que madrugan para buscar un pasaje en el destartalado y atiborrado autobús, sin dejar de mencionar el grato obsequio de la música que arrulla en el mismo, rica en el reggaetón que tanto le gusta a las personas que tienen canas.
Yo tengo un amigo que se metió en esto convencido de que en dos semanas compraba un apartamento en El Morro de Lecherías. La última vez que lo vi estaba pidiéndole al taxista que le fiara el vuelto. Lo cruel es que las aplicaciones te muestran gráficas verdes cuando ganas centavos, y suenan campanitas como si hubieras ganado el Kino Táchira, pero cuando pierdes cincuenta dólares en tres segundos, la app solo pone un número rojo sin música ni nada, como si fuera culpa tuya por no haberle rezado a San Pancracio.
4. Los riesgos inherentes
Vamos al grano, perder dinero en trading es más fácil que tomarse un raspado de carrito azul oxidado en la calle y terminar con una ameba como compañera. La mayoría de los traders minoristas pierden su capital en los primeros seis meses. No es que ganen poco: es que pierden todo. Y no es mala suerte, es que el mercado está lleno de tipos que tienen computadoras que ejecutan operaciones en microsegundos mientras usted está esperando que su teléfono recupere la señal de Digitel. Es como jugar al póquer con un grupo de profesionales mientras usted apenas sabe que el as de corazones no es una carta de amor.
El apalancamiento convierte una pérdida pequeña en una catástrofe familiar: si usted pone veinte dólares y usa apalancamiento x10, está arriesgando doscientos dólares que no tiene. Si el mercado se mueve un diez por ciento en contra, usted ya perdió todo y encima le debe plata a la app. Eso se llama liquidación, y es como cuando su mamá lo botó de la casa pero sin derecho a llevarse la ropa. Conozco un caso en Barquisimeto de un señor que vendió su cosecha de cebollas para tradear Ethereum. Terminó con cero cebollas, cero Ethereum y una señora que le reclama por qué ya no hay sopa. Los desastres pueden ser así de ridículos: desde perder el pasaje de la semana en una mala operación de cinco minutos, hasta deberle al broker más de lo que tiene y tener que vender la nevera y la bicicleta estática que usaba de perchero, por la flojera de intentar perder los kilos que le habían prometido si la usara apropiadamente.
5. Particularidades del trading en Venezuela
En Venezuela, el trading tiene sazón especial, como un sancocho donde flotan tropiezos que no deberían flotar. Primero, el Internet se cae justo cuando va a cerrar una operación y usted se queda mirando la pantalla congelada como el pasaporte en el Saime que jamás llega. Para cuando vuelve la señal, su dinero ya se fue volando más rápido que un ministro en una investigación. Segundo, la inflación hace que cualquier ganancia en bolívares sea un chiste mal contado: usted puede ganar un 80% en un día y todavía no le alcanza para un combo de McDonald's para niños. Por eso todo el mundo tradea en dólares o en criptomonedas, pero las criptomonedas dependen de que usted pueda cambiarlas por efectivo sin que lo atraquen o sin que el p2p resulte ser un funcionario encubierto. Tercero, los retiros mínimos en los exchanges a veces equivalen al sueldo de dos meses de un maestro, así que usted tiene que arriesgar una cantidad absurda solo para probar si la plata llega o se queda flotando en el éter como un recuerdo. Cuarto, aquí cualquier apagón o anuncio oficial haciendo una reforma económica provoca que el mercado se desplome de manera más dramática que una telenovela. Si el (la, los) presidente(s) tuitea algo sobre el cono monetario, el Bitcoin se va al suelo y usted con él. Quinto, el acceso a dólares en efectivo es tan complicado que mucha gente termina tradeando con montos ridículos como cinco dólares, lo que significa que aunque triplique esa plata, apenas le va a alcanzar para comprar un desodorante y una bebida energética, para tolerar el estrés y la frustración de no servir para el "jueguito".
6. El grado de aceptación y el carácter del trader típico venezolano
Hoy en día, el trading se ha vuelto más popular en Venezuela que el chance del gordo y la venta de cachapas con queso blanco a domicilio entregados en motos con morrales cúbicos. Todos conocen a alguien que hace trading, o que dice hacerlo, porque es una actividad que queda muy bien en las reuniones familiares: usted llega al cumpleaños de la abuela y en lugar de decir que es repartidor de delivery, dice que es trader de criptomonedas y de inmediato la prima que estudió administración lo mira con respeto y el tío que vende repuestos le pregunta si puede ayudarle a invertir sus ahorros del colchón. La aceptación es enorme porque el venezolano promedio está desesperado por encontrar cualquier cosa que genere dólares sin tener que pararse a las cuatro de la mañana para hacer una cola, o peor aún, trabajar en un oficio normal.
El trader típico venezolano tiene un perfil muy definido. Suele ser un muchacho de entre dieciocho y treinta y cinco años, con una laptop que ya vio mejores días (con una bisagra rota, por supuesto), un celular con la pantalla rota y todo un ecosistema de hongos activo, pero con la app de Binance funcionando a duras penas, y una cuenta en Instagram donde publica capturas de pantalla de ganancias que probablemente son de una cuenta demo. Este personaje habla con palabras rimbombantes como soporte semanal, tendencia alcista y stop loss, pero si usted le pregunta cuánto ha ganado realmente en los últimos seis meses, se pone nervioso, mira para otro lado y dice que el trading no es para hacerse rico rápido sino para construir riqueza a largo plazo.
Su conducta es errática: puede pasar horas viendo gráficos como si fueran una novela brasilera, y cualquier baja del mercado lo deja con un humor de perro, mientras que una subida lo convierte en el alma de la fiesta aunque haya subido solo cinco centavos (céntimos). Muchos de ellos se endeudaron para comprar un curso de un influencer colombiano que prometía la fórmula mágica, y ahora andan pagando las cuotas mientras su cartera digital se reduce como un sueldo público universitario. Los más osados se meten en grupos de Telegram donde un supuesto gurú da señales de compra y venta, y todos siguen la orden como ovejas caminando hacia un barranco.
El trader venezolano es una mezcla de esperanza infinita, mala conexión a Internet y una fe ciega en que algún día una de esas monedas raras va a explotar y le va a comprar la casa a su mamá. Y mientras tanto, sigue viviendo en el mismo cuarto alquilado, comiendo caraotas con queso, azúcar, pasta y mayonesa; y soñando con pantallazos verdes. La pasta también puede acompañarse con sardinas, un plato ampliamente cotizado en Venezuela, por demás delicioso.
7. El corredor de bolsa de Wall Street y un trader venezolano
Vamos a ponerlos uno al lado del otro, como si fuera una pelea de boxeo. El corredor de bolsa típico de Wall Street, ese que sale en las películas, usa un traje azul marino que cuesta más que un carro usado, tiene un escritorio con tres pantallas que no parpadean nunca, habla por un teléfono con cable/satélite como si fuera el presidente y desayuna un bagel con salmón ahumado mientras le grita a su asistente que compre acciones de Tesla. Este señor tiene un título en economía de Harvard, una suscripción al Bloomberg Terminal que cuesta 24 mil dólares al año, y cuando pierde dinero, se toma un whisky de doce años y se va a su casa en Connecticut a dormir tranquilo porque el bono anual igual le cae.
Ahora mire al trader venezolano típico. Está en la sala de su casa en Maracay, con un ventilador de pedestal que apenas mueve el aire caliente, una laptop con la batería muriéndose y un teléfono que recibe notificaciones del Mercantil cada vez que le llegan cinco bolívares. No usa traje: usa una franela del Caracas o la VinoExtinto y shorts de playa, porque con este calor nadie se pone pantalón para perder plata. En lugar de bagel con salmón, desayuna una arepa con chicharronada y un guarapo del termo que guarda desde ayer. Su oficina es el comedor, y si la mamá le pide que saque la basura justo cuando va a abrir una operación, el mercado se pierde mientras él corre con el contenido de la nevera.
Su título no es de Harvard: es un curso de Udemy que compró en oferta y un certificado de un influencer que se hace llamar CriptoKingVzla. Su herramienta de análisis no es un Bloomberg Terminal, es el grupo de Telegram llamado Señales VIP Gratis donde el administrador pone emoticones de cohetes cada vez que recomienda comprar algo. Cuando este trader venezolano pierde dinero, no puede tomarse un whisky porque no le alcanza ni para un ron-quito blanco del bodegón; en su lugar, se toma un vaso de agua enriquecida del grifo y se pone a ver si el p2p le acepta un saldo negativo a cambio de una transferencia que nunca llega. Mientras el corredor de Wall Street usa términos como diversificación de cartera, el venezolano dice no pongas los huevos en la misma cesta porque si se daña una se pierden todos, y mientras el gringo llama a su broker para ejecutar una orden compleja, el criollo le grita a su primo que le preste el wifi para no quedarse desconectado en medio de una liquidación.
La escena final es aún más absurda: el yuppie neoyorquino termina su jornada en un gimnasio de lujo, mientras el trader maracayero termina el día mirando el saldo de su cuenta, llorando en silencio porque sin querer puso una orden de compra en lugar de venta y ahora su capital de quince dólares se redujo a tres que ni siquiera puede retirar porque el mínimo para retiro es de veinte. El ridículo está servido, pero al venezolano eso no le importa porque mañana hay otra oportunidad, y la esperanza es lo último que se pierde, aunque en el trading la esperanza es el primer escalón hacia la ruina. Como dice Joaquín Sabina en su canción: "Al infierno se va por atajos..."
8. Conclusiones
Después de todo este recorrido absurdo, mi conclusión de neófito es la siguiente: el trading democratizado es una forma muy bonita, muy tecnológica y muy cool de perder los ahorros y el equilibrio mental mientras se siente importante por cinco minutos. Las aplicaciones hacen un trabajo maravilloso disfrazando la timba de sofisticación financiera, igual que ponerle una funda de cuero hecha por talabartero fino a un ladrillo. La fantasía de ser un tiburón de Wall Street desde el sofá de su casa en Trapichito o El veinticinco es tan tentadora como irse a Miami con veinte dólares en el bolsillo: puede pasar, pero probablemente termine durmiendo en el aeropuerto.
Los gurús viven de vender cursos, no de hacer trading, y si realmente tuvieran la fórmula mágica, no estarían perdiendo el tiempo en Instagram pidiéndole like y compartir. El riesgo de quedar en bancarrota es altísimo, especialmente en Venezuela, donde un apagón, una declaración presidencial o una cola para comprar gasolina pueden arruinar su operación más prometedora. Y si a eso le suma el factor psicológico, el pobre trader termina revisando el teléfono cada dos minutos, incluso en la fiesta de cumpleaños de su hijo, creyendo que el mercado lo necesita para decidir si sube o baja.
La única diferencia entre el trading y el chance es que en el chance al menos usted se entretiene rayando el ticket y el vendedor le desea suerte. Aquí la máquina le sonríe cuando gana dos dólares y le ignora cuando pierde treinta. Así que ya sabe: si quiere hacer plata fácil, mejor póngase un kiosco de empanadas con nombre comercial con apóstrofe, para que parezca americano, venda agua de coco en la playa con moluscos babosos que una vez conocieron la frescura, o vuelva a la vieja confiable de pedirle prestado al banco para nunca pagar. El trading déjelo para los que tienen plata de sobra, conexión de fibra óptica y un psiquiatra de cabecera. Para el resto de los mortales, la arepa es la única inversión segura: no sube ni baja, se come caliente y al menos no requiere entender qué es una vela japonesa.
Fabián Robledo.
Junio, 2026.


El autor, con divertido sarcasmo, pone en evidencia la clara tendencia popular a subestimar las complejidades, inherentes a cualquier sistema dinámico. El público en general peca de simplista, especialmente en Venezuela, donde la población ha optado por menospreciar el valor de la educación y la investigación académica. Mientras predomine la desinformación, un público iluso, simplista y carente de voluntad para educarse e investigar, el manipulador mediático seguirá teniendo un gran negocio. ¡Buen post!
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