Coleo real: cuando el futuro rey de Inglaterra vio volar un toro en Barinas

Coleo real: cuando el futuro rey de Inglaterra vio volar a un toro en Barinas

El príncipe Carlos de Gales (hoy rey Carlos III) visitó Venezuela en varias ocasiones durante su etapa como príncipe. La primera fue en julio de 1973, durante el primer gobierno de Rafael Caldera. El príncipe Carlos llegó a Venezuela a bordo de la Fragata HMS Minerva, de la Marina Real Británica. Para entonces, Carlos servía como personal subalterno (Sub-Lieutenant) en dicha fragata, en condición de oficial de navegación, y cumpliendo las guardias como un tripulante más del buque. Había estado destinado en el Caribe durante unos 10 meses, y participó en las celebraciones de independencia de Bahamas (10 de julio de 1973),  con una escala de descanso de 4 días en las Islas Caimán.

El príncipe fue recibido en Maracaibo, y luego viajó a Barinas, donde conoció el Colegio del Mundo Unido de Agricultura Simón Bolívar, luego llamado FUNDACEA, una institución educativa vinculada al movimiento de los Colegios del Mundo Unido, del cual Carlos era (y sigue siendo) un fuerte impulsor y presidente honorario.

La visita a Barinas estuvo vinculada principalmente al interés del príncipe por la educación (especialmente los United World Colleges) y por conocer el interior del país, sus llanos y su diversidad cultural y natural. La visita combinó alto perfil protocolario  con lo privado y temático, incluyendo una exhibición del deporte tradicional llanero, no apto para tímidos y con miedo al polvo y la sangre: los toros coleados.

Existen deportes que se practican con la frente en alto y la nariz perfumada con sales aromáticas, como el críquet o ese esnob juego de frontón que tanto divierte a los suizos. Luego, en el extremo opuesto del espectro civilizatorio, donde el Wi-Fi no llega y el seguro de vida se niega a cubrir, tenemos el Coleo Venezolano.

Para contextualizar al lector no iniciado, diré que este deporte consiste en que un hombre a caballo intenta, agarrándose de la cola de un toro que huye despavorido, hacerlo volcar estrepitosamente sobre un lomo de tierra dura, tan mullido como el concreto armado. Es, en esencia, lo que sucede si mezclamos la caza del zorro británico con una pelea de bar, pero sin los zorros, sin los perros, sin los buenos modales y con un plus de testosterona rural que asfixia a metros de distancia.

—"Esto me recuerda al Eton Wall Game, pero con una diferencia fundamental: allí peleamos contra una pared, y aquí la pared tiene cuernos, pesa media tonelada y además se mueve."

Eso fue lo primero que el entonces Príncipe de Gales, murmuró al oído de mi hoy muy viejo amigo Pedro —el Búho— mientras observaba, como parte de la comitiva local puesto que había estudiado en Inglaterra y conocía algo de los peculiares modales británicos, por lo que podría ser útil para recibir al príncipe.

El príncipe contemplaba el deporte desde la tribuna de honor de una manga de coleo en Barinas, viendo cómo un toro de capa negra volcaba en el aire a lo Nadia Comăneci, con la elegancia de un armario victoriano de caoba de Sierra Leona rodando por una escalera. Fue en julio de 1973, fecha que el protocolo real ha intentado borrar de sus anales sin éxito, y que los llaneros barinenses recuerdan con orgullo.

Pedro, edecán de la comitiva de recepción del Príncipe de Gales en visita al Estado llanero, me contó esta historia en mi juventud una noche de melancolía, aderezada con whisky de 18 años, y desde entonces no he podido ver una vaca y a su temperamental consorte sin sentir una punzada de respeto mezclado con cáustico sarcasmo.

—"Confieso que he visto cosas extraordinarias, como a un malgeniado toro de quinientos kilos girar en el aire como una peonza mal hecha y aterrizar con la misma delicadeza que una vajilla de la Reina Madre cayendo por las escalinatas de Buckingham. He visto a jinetes sonreír mientras escupían tierra y sangre, y al público vitorear con la pasión de un hincha del Arsenal cuando el árbitro se equivoca a favor",  señaló su Alteza aquella tarde en Los Llanos, me dijo el Búho.

—"Parece el decorado de una ópera wagneriana, pero con menos vestuario y más olor a caballo" —fue el segundo pensamiento que compartió con Pedro, en medio de un calor que derretía las suelas de los zapatos y convertía el aire en una sopa espesa apenas inhalable.

Lo condujeron a la Manga de Coleo, una pista de tierra de doscientos metros de largo por quince de ancho que, para ser precisos, no es una manga sino el escenario perfecto para lo que puede llamarse "el arte dramático de la caída vacuna con revolcón". El anfitrión, un ganadero llamado Don Casimiro, de bigote frondoso y risa de caballo, se acercó a Su Alteza con la confianza de quien nunca ha visto un tenedor de ensalada en su vida.

—"Majestá" —dijo Don Casimiro—, "aquí el hombre y el caballo persiguen al toro, lo agarran por la cola y lo tumban. Gana el que más coleadas válidas haga en cuatro minutos."

El príncipe, que probablemente esperaba una demostración de cómo se toma el té en hamaca sin estabilizador giroscópico, asintió con esa flema británica que solo poseen quienes han visto nacer a cuarenta y siete variedades de dalia y han sobrevivido a cenas de Estado con parientes lejanos y múltiples cubiertos colocados en orden críptico sobre la mesa, y donde el mito dice que existe un código para seleccionar el correcto en cada plato.

Luego se volvió hacia Pedro y, en voz baja, añadió: —"En el fondo, no es tan distinto a la caza del zorro. Solo que aquí el zorro es un toro, los perros son un solo hombre a caballo, y no hay ningún propósito práctico detrás. Me encanta."

Pedro me explicó —y aquí recurro a la paciencia del lector— que no todas las caídas son iguales.  Hay una puntuación precisa  para el desastre. El sistema de puntaje de este deporte es tan complejo como el código de vestimenta en el hipódromo de Ascot, en Berkshire, a unos 40 km de Londres, donde es obligatorio el uso de chistera en ciertas gradas del público, pero con consecuencias más dolorosas y menos champagne.

El jinete es un ser humano que voluntariamente sujeta la cola de un animal que lo supera en masa por unos quinientos kilos, y su estado ideal después de cada carrera es una mezcla de héroe trágico, espantapájaros con espolones y paciente de quiropráctico. El toro, por su parte, es un atleta no consentido. Su objetivo no es ganar, sino sobrevivir a un coreógrafo psicópata a caballo. Su valor es inmenso porque, a diferencia del jinete, él no firmó ningún formulario de consentimiento ni asistió a la reunión informativa.  Finalmente, el caballo observa todo con la resignación de quien ya ha visto demasiado y solo desea que terminen las carreras y que, preferiblemente, queden inválidos el toro y el jinete.

Existen Tres Zonas de suerte y perdición en la manga:· Primera Zona (los primeros cien metros): Si el toro cae aquí, el coleador obtiene la máxima puntuación. Es el equivalente a un touchdown, un gol olímpico y un as en la manga, todo envuelto en una voltereta bovina con salsa de polvo. · Segunda Zona (los siguientes cincuenta metros): Puntuación media. El toro ha corrido lo suficiente como para que la caída sea menos espectacular, pero lo bastante poco como para que el jinete no tenga que pagar el animal. Un empate técnico entre la gloria y la ruina fiscal. · Zona Muerta (los últimos cincuenta metros): Aquí el coleador no solo no suma puntos, sino que debe pagar el toro. Sí, ha leído bien. El animal se convierte en una deuda andante con pezuñas. "Es como si en el críquet te cobraran el wicket que rompiste", comentó el Príncipe. Don Casimiro, sin entender una palabra de críquet, asintió con la seguridad del que nunca ha visto un extraterrestre en su vida.

Pero la sutileza no termina ahí. La "coleada válida" exige que el toro quede con las cuatro patas hacia arriba o que gire completamente sobre su eje longitudinal como un ballet ruso mal ejecutado. Una media caída, o cuando el animal solo se arrodilla como si rezara un acto de contrición bovina, es considerada falta y no otorga puntos. El toro puede quejarse después, pero la puntuación, como la justicia en ciertos reinos, es implacable y sorda.

Aquí la adrenalina se alarga, se estira como un chicle mal masticado, mientras el jinete y el toro negocian a gritos mudos quién de los dos terminará más magullado. Al final, cuando el polvo se disipa y los jueces levantan sus cartones con las puntuaciones, ambos competidores, jinete y toro, comparten un mismo pensamiento que ningún reglamento recoge: "Mañana me duelen hasta las pestañas. ¡Pero carajo, qué espectáculo!".

El príncipe observaba el evento con la misma intensidad que un catedrático de Oxford revisando un examen mal hecho, como un pointer a la caza de errores y omisiones, y el lápiz rojo presto a corregir el papel, tan afilado como un pugio o puñal romano.

—"Debo confesar" —le dijo a Pedro—, "que el sistema de descuentos me parece más severo que el de nuestro lanzamiento de huevos podridos en Gloucestershire. Allí solo te descuentan si el huevo se rompe antes de lanzarlo. Aquí te descuentan si el toro no se rompe adecuadamente. Hay una filosofía detrás. Una filosofía terrible, pero filosofía al fin."

Mientras tanto, la música llanera rugía en los altavoces con una intensidad capaz de perforar el blindaje de un tanque Scorpion, y casi con tanta armonía. El arpa, el cuatro y las maracas tejían una melodía que Su Alteza, en un alarde de diplomacia británica, describió como: —"Estimulante, como una avispa atrapada en el oído, que además ha aprendido a tocar el violín mientras se usa el taladro dental contra un molar especialmente duro."

Y las damas, ¡ay!, las damas. Las mujeres llaneras, con sus trenzas negras como la noche sin luna, sus miradas que desafían al Sol y sus caderas que retan a la gravedad en sus blue jeans, observaban el evento desde las gradas con la misma indiferencia que una duquesa viendo un partido de polo. Pero de vez en cuando, cuando un jinete lograba una caída especialmente brutal, agitaban sus pañuelos blancos con una elegancia que podría hacer llorar a un poeta. —"Las debutantes del palacio" —murmuró el príncipe para sí, aunque lo suficiente alto para que Pedro lo oyera — "deberían tomar nota. Esto sí que es control de masas emocional. Y los sombreros son mucho más audaces que en Ascot."

Llegó entonces el momento estelar. El toro número siete, un animal de capa negra y mirada resentida (becerreada) que claramente había tenido un mal día antes de salir a escena, salió del corral con una velocidad impropia de su especie, y de cualquier manual de buenas costumbres.

El coleador, un hombre llamado "El Carranchina" que medía metro y medio de altura pero parecía tener la fuerza de un orangután despechado que además ha entrenado con pesas soviéticas, lo persiguió con una determinación que rayaba en lo patológico. A los cuarenta metros, El Carranchina agarró la cola del toro. Lo que siguió fue una sinfonía de violencia coreografiada por el demonio.

El toro, al sentir su apéndice caudal estirado más allá de las leyes de la física y de la decencia, realizó una voltereta aérea que incluyó dos giros completos y una media pirueta que habría merecido un diez en los Juegos Olímpicos de Montreal. Cayó de espaldas con un sonido que recordaba a una bolsa de cemento impactando contra el asfalto después de ser arrojada desde un octavo piso. El jinete también cayó, por supuesto, pero a él nadie le restó puntos. En este deporte, el sufrimiento humano es un accidente laboral no remunerado; y el sufrimiento bovino, una estrategia de puntuación perfectamente reglamentada.

El público estalló en una ovación de gritos, cerveza derramada y sombreros lanzados al aire. Un niño pequeño levantó su botella de malta y brindó con el vecino. Una señora de avanzada edad lloraba de emoción. Las damas agitaron sus pañuelos como si estuvieran despidiendo un barco que nunca llegará a puerto.

El príncipe permaneció en silencio durante varios segundos. Luego se inclinó hacia Pedro y dijo:

—"¿Sabe lo que me recuerda? Al Eton Wall Game, ese deporte absurdo de mi colegio donde veinte muchachos bien alimentados se aplastan entre ellos contra una pared de ladrillos durante horas sin que ocurra absolutamente nada. La única diferencia relevante —y subrayo relevante— es que allí la violencia es aburrida, lenta y protocolaria. Aquí se tiene una coreografía que Puccini habría envidiado si hubiera crecido en la sabana, en lugar de Lucca."

Pedro, que había estudiado en Inglaterra y conocía el Wall Game, no pudo evitar una carcajada que disimuló con un falso ataque de tos. Ese deporte consiste en formar un "bully" junto a un muro de ladrillos, y avanzar centímetro a centímetro en una amorfa pirámide humana durante horas para lograr un "tímido" (un solo punto) o, en casos excepcionales que no se ven desde 1909, un "gol" de nueve puntos. Es el único deporte donde el público puede ir a tomar el té y volver sin haberse perdido nada.

Lejos de horrorizarse, como muchos esperaban —y como probablemente esperaba la propia Casa Real—, Su Alteza quedó maravillado. Era como si hubiera descubierto una nueva especie de orquídea carnívora tóxica que gira y te mira directamente a los ojos: peligrosa, extraña, pero fascinante hasta la médula.

—"En el Reino Unido tenemos deportes absurdos, lo admito sin rubor" —dijo, mientras observaba a otro toro caer con una estridencia que hizo temblar las gradas—. "Tenemos el mencionado lanzamiento de huevos podridos en Gloucestershire, la carrera de queso rodante en Cooper's Hill donde decenas de adultos sensatos se rompen las costillas persiguiendo una rueda de queso Gloucester, el campeonato mundial de hacer muecas en Egremont, y la lucha con cieno en varias aldeas que prefieren no aparecer en los mapas. Pero jamás, jamás se nos ocurrió combinar todos esos riesgos en un solo evento. Ustedes han logrado concentrar la esencia del absurdo británico en un deporte. Es admirable. Es aterrador. Es, permítaseme decir, una obra maestra del sadismo lúdico."

El momento culminante de la tarde llegó cuando un toro, harto de ser coleado y probablemente con razones filosóficas para ello, se dio media vuelta y embistió al caballo. El equino, con la elegancia de un bailarín borracho que ha estudiado en la Royal Academy, esquivó la embestida por milímetros. El jinete, en cambio, salió despedido por los aires como un muñeco de trapo que alguien ha lanzado por la ventana. Dio tres vueltas en el aire —contó Pedro con precisión de edecán— y aterrizó de costado en la Zona Muerta.

El público vitoreó con más fuerza que nunca. Las damas agitaron pañuelos. La música llanera alcanzó un crescendo ensordecedor que hizo que el príncipe se llevara las manos a las (grandes) orejas, muy parecidas a las de supersticioso Ichabod Crane de Disney. Un vendedor ambulante pasó ofreciendo arepas, y Don Casimiro, sin inmutarse, anotó algo en una libreta, que probablemente era la factura del toro caído.

Debo en esta breve crónica mencionar a los toros. Ellos, los grandes ausentes de la celebración, los héroes involuntarios, observan con sus ojos grandes y húmedos todo el espectáculo con una mezcla de resignación, hastío y alguna que otra idea sobre la venganza. Si hablaran —y todo tiene voz si se sabe escuchar— seguro dirían algo como: "¿Todos los miércoles, señor? ¿En serio? ¿No podríamos, quizás, cambiar a martes?". Pero no hablan, porque hacerlo sería un lujo que este deporte no concede, un exceso de humanidad que nadie ha firmado en el reglamento.

El coleador, mientras tanto, es un ser fascinante. Es bajo y robusto como un roble de poca altura pero mucho más ancho. Sus manos parecen dos tenazas con tuercas marinas que han evolucionado específicamente para agarrar colas y abrir cervezas con el pulgar. Su reflejos son de gato epiléptico. Su caballo, dicho sea de paso y con todo el respeto, es más inteligente que él. No es un cumplido vano: el caballo sabe exactamente cuándo acelerar y cuándo frenar, porque su instinto de conservación supera con creces cualquier lealtad al jinete. El caballo ha visto cosas. El caballo recuerda. El caballo, sospecho, tiene una cuenta pendiente con la Humanidad.

Las mujeres llaneras, dominantes e indómitas como la misma llanura, observan todo desde las gradas con una mezcla de ternura y desprecio que solo pueden permitirse quienes realmente mandan en el hogar. Al final de la jornada, según me confesó Pedro tras siete aguardientes, son ellas quienes deciden quién merece una cerveza fría, una caricia o dormir en el corral junto a los toros que no logró tumbar.

—"Eso sí que es poder" —comentó el príncipe cuando Pedro le explicó esta tradición no escrita—. "En palacio tenemos protocolos, leyes y decretos. Aquí tienen un gesto de ceja. Me quito el sombrero. Literalmente, porque hace calor."

Al retirarse la comitiva real, cuando el polvo de Barinas aún no se había posado sobre los trajes impecables, el príncipe se detuvo frente a Pedro y le dedicó unas palabras que mi amido guarda como un tesoro y que yo reproduzco aquí con la fidelidad que da haberlas oído contar:

—"Señor Pedro, he visto hoy algo que ninguna institución educativa británica, ningún manual de buenas maneras, ningún tratado de filosofía moral me había mostrado. He visto el alma de un pueblo resumida en una cola de toro y un hombre que se aferra a ella con todas sus fuerzas mientras el mundo gira a su alrededor. Es violento, es absurdo, es ruidoso, es incómodo. Huele a tierra, a caballo, a sudor y a triunfo. Es, en el fondo, lo más parecido a ser británico que he encontrado fuera de las Islas. Pero con más color, más pasión, más música y, curiosamente, menos hipocresía. Jamás olvidaré la imagen de ese toro volando. Eso, querido amigo, no se ve ni en el Teatro Nacional ni en la Royal Opera House."

Luego subió al auto blindado, agitó la mano con la elegancia de quien ha aprendido a saludar a multitudes desde la cuna dorada, y desapareció en la polvareda de la carretera hacia Maracaibo.

Don Casimiro, el ganadero, se quedó mirando el coche que se alejaba y le dijo a Pedro: —"Ese sí que es un hombre. Le gustó el coleo. Y eso que es inglés..."

Y ese fue el día que el futuro rey Carlos III  de Inglaterra vio volar a un toro y descubrió que el mundo, a veces, es más extraño y maravilloso que cualquier deporte que hayan inventado sus pálidos antepasados nórdicos. Y nosotros, los venezolanos, seguimos coleando porque la vida es una caída continua en el polvo, y más vale aprender a hacerlo con estilo, preferiblemente agarrado de una cola, y con música de fondo.


Fabián Robledo.

Mayo, 2026.

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