Fútbol Americano: El arte de detener el tiempo cada seis segundos para que once gorilas de espalda plateada simulen el asalto vikingo a un convento de clausura

Fútbol Americano: El arte de detener el tiempo cada seis segundos para que once gorilas de espalda plateada simulen el asalto vikingo a un convento de clausura

Permítame comenzar con una confesión que en Caracas me valdría una colección de miradas de lástima, y en Boston, directamente una orden de alejamiento: no entiendo el fútbol americano. O más bien, lo comprendo como un biólogo comprendería una danza tribal de la Isla de Pascua: percibe la violencia, intuye un propósito, pero cuando el nativo grita “¡Huga, huga, bundolo!”, él cree que están llamando a un cerdo para el desayuno.

Lo primero que descoloca al profano -y que ya debería servir de advertencia- es el nombre. Esto se llama fútbol, señor mío, pero la pelota (permítanme llamarla "bola" en un arranque de terquedad idiomática) apenas si recibe un par de caricias con el pie durante todo el encuentro. Y no es una bola, es un objeto oblongo con la aerodinámica de un pepino dopado con esteroides. Parece un proyectil de calibre 50 al que se le hubiera ocurrido comer muchos carbohidratos. Cuando el pateador de despeje la golpea, el artefacto describe una trayectoria que haría llorar de envidia a un trompo descompuesto, con consideraciones de momento angular que solo un ingeniero aeroespacial bajo los efectos del peyote o la ayahuasca podría calcular.

Y luego están las porterías. Oh, las porterías. Se parecen a las del rugby, que ya es decir: dos postes verticales que se alzan hacia el cielo como si esperaran la segunda venida de algún dios celta, pero sin el larguero horizontal. Es como si el arquitecto hubiera dicho: "¿El larguero? No, eso es para deportes de gente civilizada, que no necesitan que sus tiros parezcan un intento de lanzamiento de misil balístico con un mínimo error circular probable de impacto. El balón debe pasar entre esos palos, y el punto extra es una patada que, si falla, provoca una decepción equiparable a descubrir que el regalo de Navidad era un calcetín oscuro y corto.

Pero el espectáculo realmente empieza cuando el balón se pone en juego. Olvídense del flujo continuo del fútbol FIFA o de la pausa estratégica del béisbol. Aquí, 22 hombres (que más bien parecen auténticos gorilas de montaña de espalda plateada, con cascos de alta tecnología) se agachan frente a frente a una distancia de unos centímetros, como dos filas de tanques Panzer y T-34 prestos al combate en la batalla de Kursk. El centro, un ser estoico cuyo único propósito en la vida es pasar el balón por entre sus piernas al quarterback, tiene la expresión de quien sabe que en el siguiente segundo 300 kilos de músculo le caerán encima. Es el único deporte donde la posición inicial parece un aquelarre de obesos jugadores de sumo a punto de abalanzarse sobre un nigiri solitario, ese trocito de arroz con pescado crudo cuya única esperanza es que confundan su diminuta presencia con una servilleta.

El balón se pone en juego mediante ese ritual que llaman snap, un pase filtrado por las ingles del centro, que ni un contorsionista replicaría, y entonces ocurre el caos. No hay metáfora suficiente: es el choque de dos ballenas azules malgeniadas, la fulguración solar transformada en colisión, con los linebackers, esos hombres que se lanzan como asteroides en busca de extinción masiva. Un receptor abierto corre como un gacela perseguida por un león de sabana hambriento, pero al mínimo descuido, un safety (nombre tranquilizador) le aplica una entrada que haría sonrojar por timidez y delicadeza a una retroexcavadora. "Placaje", lo llaman. Yo lo llamo "demolición controlada con permiso de la alcaldía".

Para avanzar unas míseras yardas (porque aquí medimos la distancia como en la Inglaterra de 1824, con yardas, porque el sistema métrico es cosa del demonio Napoleón), el portador del balón debe sacrificar su integridad física en el altar del down. Puede lanzar, correr o ser aplastado. La regla no escrita es clara: para ganar terreno, hay que estar dispuesto a que lo despedacen. Es como si para cruzar la calle, usted tuviera que permitir que un autobús le pase por encima a cambio de llegar a la acera de enfrente.

El uniforme, wow!, el uniforme. El jugador de fútbol americano parece un astronauta que hubiera perdido su nave y decidido unirse a una banda de motociclistas postapocalípticos. Hombros que parecen los hombros de un armario ropero, cascos con rejilla que lo convierten en un insecto robótico, y acolchados por todas partes. Solo le falta golpearse el pecho repetidamente para completar el arquetipo del gorila de montaña, a lo el Digit de Dian Fossey. Y, curiosamente, cuando logran una buena jugada, muchos de ellos lo hacen casi con el mismo encanto y brutalidad. La evolución es un misterio. Somos primates.

En ese mismo espíritu, es jocoso señalar que en el fútbol (el de verdad, el que se juega con los pies), una falta suele deberse a un tropiezo o a un codazo leve. Aquí, averiguar si un golpe fue "falta" es como decidir si una explosión de supernova fue "un poco ruidosa". El árbitro, ese ser con autoridad de déspota ilustrado, lanza su pañuelo amarillo al suelo con la flema de un crítico de teatro en el estreno de una obra de Beckett. Los asistentes corren, agitan los brazos, consultan una repetición en una pantalla gigante mientras 70000 almas vociferan. Parecen un comité de la ONU tratando de definir qué es "agresión innecesaria" en un deporte donde la agresión es el menú principal.

En medio de esta orgía de testosterona, aparecen ellas: las cheerleaders. Gráciles, bellas, sonrientes, realizando coreografías que exigirían un máster en kinesiología. Son el amortiguador social necesario, el vaso de agua fresca en medio de una parrilla de asadores. Sin ellas, el ambiente sería tan solo un campo de concentración de masculinidad, acero y pijama de rayas. Con ellas, el público recuerda que también existe la posibilidad de la gracia y el suave pompón.

Y luego está el Super Bowl. Qué nombre. Bowl. Como un tazón de sopa, pero "Super". Imaginemos por un momento la traducción literal: "Súper Tazón". En Venezuela, si eso se llamara "Súper Totuma", considerando ese utensilio milenario de los saberes indígenas hecho del fruto de una planta cuya única cualidad es su cáscara dura, nadie lo tomaría en serio. "Mamá, vamos a ver la Súper Totuma". Suena a concurso de baile de tambores. Pero el marketing, ese arte oscuro, lo ha convertido en un evento donde se estrena el trailer de la próxima película de superhéroes que llevan los calzoncillos por fuera, se paga medio millón de dólares por 30 segundos de publicidad de cerveza y se espera que entre jugada y jugada (cada seis segundos, porque el juego real dura unos once minutos en tres horas) ocurra el apocalipsis o un touchdown milagroso.

El balón, pobre criatura, recibe un castigo inquisitorial. Es golpeado, pateado, lanzado con furia, atrapado contra el pecho, escupido (probablemente) y finalmente, si es un pase de touchdown, es besado por el receptor como si fuera el Santo Grial. Es una pelota con una forma que imita a un proyectil de de artillería para ser más aerodinámica, y tiene razón: el juego tiene casi la misma maligna intención.

Los jugadores son activos multimillonarios. Se habla de contratos de cientos de millones de dólares. Y sin embargo, algunos de ellos confiesan en sus ratos libres que su verdadera pasión es la repostería, la danza clásica, el bordado o la manicura. Ver a un defensive end de 150 kilos, capaz de destripar un automóvil con las manos desnudas, declarar que su sueño es abrir una floristería, es una de esas paradojas que solo el fútbol americano puede ofrecer. Es el único lugar donde el hombre más violento del estadio puede ser también el más sensible, llorando en un bello atardecer ante la luz crepúscular, justo hasta que el balón se pone en juego.

Y llegamos al público. El espectador de fútbol americano no busca un deporte. Busca la catarsis de la violencia controlada. Necesita ver el choque de trenes, la avalancha de cuerpos. Es una afición inherente a la necesidad humana de contemplar la desgracia ajena, y opinar sobre la misma, ya fuera como asistente a los juegos romanos en el Coliseo, donde el pulgar hacia abajo significaba muerte; o al juego de pelota maya y azteca tlachtli, donde el capitán del equipo perdedor (o ganador, según la interpretación) era seleccionado para su ejecución inmediata al ser elegido por los dioses. ¡Qué sentido del sacrificio! Uno no entiende por qué esa peculiar "costumbre" no se extendió al Super Bowl. La duración de los Superstars sería efímera, cierto, pero qué emoción la del último cuarto con el marcador empatado y la cabeza del mariscal de campo en juego, literalmente.

Los comentaristas, joyas de la corona, jamás se equivocan. Ven en cámara lenta una jugada que duró dos segundos, la analizan con gráficos de rayos X y pizarras virtuales, y dictaminan: "El mariscal debió leer la cobertura". Si el mariscal lo hizo y falló, el comentarista añade: "la presión llegó demasiado rápido". Si el mariscal no lo hizo, dice: "error de lectura". Nunca se equivocan porque su estrategia es la de un oráculo de Delfos: siempre tienen razón en retrospectiva.

En los intermedios, mientras el ejército de tanques descansa, aparece la mascota. Una ridiculez adorable: un águila gigante que baila cumbia, un vaquero inflable salta como un resorte dañado, un oso pardo que intenta hacer un mortal hacia atrás y termina enredado en su propia bufanda. Los niños vitorean. Los adultos se toman otra cerveza. Y uno piensa: si los gladiadores romanos hubieran tenido un descanso con un pato gigante bailando la Macarena, quizás el Imperio no habría caído tan rápido.

En conclusión, el fútbol americano es un deporte contradictorio, violento, absurdo, barroco y fascinante. Es un juego de ajedrez donde las piezas pesan 140 kilos y se mueven a la velocidad de un tren de carga, con una pelota que odia ser redonda. Como diría un aficionado mientras intenta explicarle un safety a su abuela criolla: o lo amas o no lo entiendes. Yo, por ahora, me quedo con la gloriosa confusión.


Fabián Robledo.

Mayo, 2026.

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