El torpedo que casi hunde al buque del Presidente

El torpedo que casi hunde al buque del Presidente

En noviembre de 1943, Franklin Delano Roosevelt emprendió uno de los viajes más delicados de la Segunda Guerra Mundial: cruzar el Atlántico en secreto para participar en las conferencias de El Cairo y Teherán, donde se reuniría con Winston Churchill y Joseph Stalin. Para proteger al presidente, la Armada de Estados Unidos seleccionó el acorazado más poderoso de su flota: el USS Iowa (BB-61), un coloso de más de 45.000 toneladas armado con nueve cañones de 406 mm. Nadie podía imaginar que la mayor amenaza no vendría de submarinos alemanes, sino de uno de sus propios escoltas: el destructor USS William D. Porter (DD-579), conocido como el “Willie Dee”.

El Porter, un buque clase Fletcher recién incorporado con una tripulación relativamente inexperta, formaba parte de la escolta del Iowa. Desde el primer momento, acumuló incidentes. Al zarpar de Norfolk, un problema con el ancla dañó el equipo de otro destructor cercano. Al día siguiente, una carga de profundidad se desprendió accidentalmente y explotó en el agua, provocando pánico en toda la formación, que temió un ataque de U-boat alemán. El capitán del Iowa, John L. McCrea, ya observaba con preocupación al Willie Dee.

El clímax llegó el 14 de noviembre de 1943, en el Atlántico, al este de Bermuda. Roosevelt, deseoso de presenciar maniobras reales, solicitó primero prácticas antiaéreas y luego un simulacro de ataque con torpedos por parte de los destructores escolta contra el Iowa. El Porter debía lanzar torpedos simulados desde unos 6.000 yardas (aproximadamente 5.500 metros). Los dos primeros lanzamientos salieron según lo planeado. Pero en el tercero, el jefe de torpedos Lawton C. Dawson olvidó retirar el cebador (primer) del tubo número 2 o 3. Un torpedo Mk 15 completamente armado, con una cabeza de guerra de casi 400 kg de explosivo, salió disparado hacia el Iowa.

A bordo del acorazado, un vigía detectó la estela blanca que se acercaba directamente. El pánico se extendió en segundos. El capitán McCrea ordenó una maniobra de emergencia: viraje brusco a babor y máquinas a toda potencia (28 nudos). Mientras el enorme buque giraba con violencia, Roosevelt, sentado en su silla de ruedas, pidió que lo acercaran a la borda para observar mejor el torpedo que se aproximaba. Un agente del Servicio Secreto, en un gesto instintivo, desenfundó su pistola apuntando hacia el proyectil.

En el Porter reinó el caos. La tripulación se dio cuenta inmediatamente del error. Intentaron alertar primero con luces de señales (con mensajes confusos) y luego rompieron el silencio de radio: “¡Lion, Lion, come right!” (Lion era el código del Iowa). La comunicación tardó en llegar con claridad. El Iowa, sin embargo, ya había iniciado su evasión.

El torpedo pasó por detrás del acorazado y detonó en su estela turbulenta, a una distancia estimada entre 100 y 3.000 yardas (90 a 2.700 metros) de la popa. La explosión submarina provocó una ligera sacudida en el casco del Iowa, pero ningún daño estructural. Todo el incidente, desde el lanzamiento hasta la detonación, duró apenas cuatro minutos.

Inicialmente, algunos a bordo del Iowa temieron un sabotaje o incluso un intento de asesinato. Los cañones del acorazado se orientaron brevemente hacia el Porter. El destructor quedó bajo sospecha y, al llegar a Bermuda, toda su tripulación fue puesta bajo arresto —un hecho sin precedentes en la historia naval estadounidense—. Se inició una investigación exhaustiva. Dawson admitió su responsabilidad (incluso intentó ocultar el cebador arrojándolo por la borda). Fue sometido a consejo de guerra y sentenciado inicialmente a 14 años de trabajos forzados.

Sin embargo, Roosevelt intervino con su característico pragmatismo y sentido del humor. Considerando que se trató de un accidente honesto en tiempo de guerra, pidió que no se aplicara castigo severo a Dawson ni al resto de la tripulación. El caso se archivó con medidas disciplinarias menores. Según la tradición naval, otros buques comenzaron a saludar al Porter con señales burlonas como: “¡No disparen! ¡Somos republicanos!”.

El “Willie Dee” ganó para siempre el apodo de “el destructor que casi mata al presidente”. Sobrevivió al incidente y fue enviado al Pacífico, donde continuó prestando servicio. Su mala suerte, sin embargo, no había terminado. El 10 de junio de 1945, frente a Okinawa, un obsoleto bombardero japonés Aichi D3A Val en misión kamikaze falló su ataque directo, cayó al agua cerca del buque y, por un extraño capricho del destino, explotó debajo del casco. La explosión submarina levantó el destructor, rompió líneas de vapor, provocó incendios y lo hundió por la popa. Milagrosamente, ningún tripulante perdió la vida.

Aquella tarde de noviembre de 1943, un simple error humano estuvo a punto de alterar el curso de la historia. Gracias a una rápida maniobra, la calma de Roosevelt y un torpedo que detonó inofensivamente en la estela, el presidente llegó sano y salvo a sus conferencias. El incidente del USS William D. Porter sigue siendo una de las anécdotas más surrealistas y humanas de la Armada estadounidense en la Segunda Guerra Mundial: una mezcla perfecta de torpeza, tensión y, al final, de perdón.


Fabián Robledo

Abril, 2026.

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