Manual de supervivencia para el profano en fútbol: Cuando el "media punta" no es un insulto ni el "lateral" un desvío

Manual de supervivencia para el profano en fútbol: Cuando el "media punta" no es un insulto ni el "lateral" un desvío

Permítame comenzar confesando algo que en ciertos círculos equivale a admitir que no sé atarme los zapatos: no entiendo el fútbol. O mejor dicho, lo entiendo como un turista entiende una partida de ajedrez en una plaza de Kiev: ve piezas que se mueven, intuye una lógica, pero cuando alguien grita “¡enroque!” él cree que han llamado a un fontanero. A mí me pasa con el fútbol, ese deporte que paraliza naciones y que, sin embargo, despliega un vocabulario tan críptico como el de una logia masónica en pleno ritual de la escala de Jacob.

Hace unos años, uno podía decir “defensa, medio y delantero” y dormir tranquilo. Eran tres categorías amplias, como decir “animales terrestres, acuáticos y aéreos”. El profano asentía. Pero hoy, señor mío, he abierto una alineación y me he encontrado con un “central”, un “lateral”, un “libero”, un “contención”, un “pivote”, un “extremo” y un “media punta”. Mi primera reacción fue buscar un diccionario de arquitectura sagrada, porque estoy convencido de que el “pivote” debe de ser esa piedra que sostiene la bóveda de crucería en una catedral gótica. Y el “libero”, claramente, es el grado que recibe un masón tras aprender a callar.

El problema no es solo la cantidad de nombres. Es que sus áreas de acción se solapan como los círculos de un diagrama de Venn dibujado por un epiléptico. Según he logrado deducir tras varias humillaciones públicas, el “central” parece ser un defensa que se cree el dueño de la zona noble, pero el “lateral” es otro defensor que va por la banda, aunque de repente el “lateral” también ataca, y entonces ya no sé si es un defensa disfrazado o un delantero con complejo de vigilante jurado. Y cuando crees que el “contención” es alguien que sujeta a los rivales (quizás con una llave de lucha libre), resulta que también construye juego, o sea que contiene y crea, como un pastel que al mismo tiempo fuera el horno.

La gota que colmó mi paciencia de profano fue el “pivote”. Me imaginé a un señor en el centro del campo girando sobre sí mismo como un bailarín de breakdance. Pero no: el pivote es un mediocentro defensivo que a veces actúa casi como un tercer central. Es decir, es defensa, pero no; es medio, pero tampoco; y si además el entrenador dice “pivote de salida”, yo ya empiezo a pensar en la cerradura de una puerta secreta. Me rindo. Mi capacidad para asociar conjuntos y espacios se parece a la de un niño de tres años intentando resolver un cubo de Rubik con las manos atadas a la espalda.

Para hacerme una idea, he intentado trasladar esta taxonomía a otros ámbitos. Imaginen que en una cocina profesional no hubiera “cocineros” y “ayudantes”, sino “extremo de fogones”, “lateral de sartenes”, “pivote de la freidora” y “media punta del emplatado”. O que en una orquesta sinfónica el Director dijera: “El contrabajo hará de libre, los violines de contención y el oboe de carrilero”. El caos sería glorioso. Pero el aficionado al fútbol asiente con naturalidad cuando le dicen que el “interior izquierdo” no es el sentimiento de culpa que le queda tras comerse una barra de chocolate, sino un tipo que corre por dentro con la pelota.

Y lo más maravilloso es que todos estos roles se solapan en el terreno. El lateral sube, el extremo se retrasa, el pivote se echa al hombro la defensa, el central se va de excursión al área contraria y el libero… el libero, he llegado a la conclusión de que es el único que realmente está libre, quizás tomando un té en la banda mientras los demás se matan por un balón. Porque he visto partidos donde el “libero” parece un filósofo estoico que observa el desastre desde atrás, y el “contención” un psicólogo que intenta mediar en una pelea de borrachos.

Al final, este léxico me recuerda inevitablemente a la jerga de la náutica a vela, donde “amantillo”, “obenque” y “estay” suenan a hechizos de Harry Potter pero son simplemente cuerdas. Y a la masonería, con sus “aprendices”, “compañeros” y “maestros” que en realidad se sientan en sillas distintas. El fútbol tiene su propio grado 33: entender que un “carrilero” no es el que cambia las ruedas de un coche de carreras, sino un centrocampista que se pega a la línea de cal como una lapa filosófica.

Llevo tres semanas intentando memorizar un once con todas sus posiciones. He dibujado diagramas, he usado colores, he recitado los nombres en voz alta frente al espejo. Mi mujer cree que estoy entrando en una crisis de mediana edad. El caso es que ayer, por fin, me senté a ver un partido con un amigo experto. Salió el árbitro, los jugadores se colocaron, y yo señalé a uno que estaba justo en el centro y dije con seguridad: “Ese es el pivote”. Mi amigo me miró con una mezcla de lástima, piedad cristiana y fascinación. “No”, susurró, “ése es el árbitro”.

Y entonces caí en la cuenta de que el árbitro, con su silbato y su chaqueta negra, era el único tipo sobre el césped cuya función entendía perfectamente: fastidiar a todo el mundo por igual. Así que me levanté, apagué la tele, y decidí que a partir de ahora solo seguiré el fútbol de salón. Allí los jugadores se llaman “Pepe”, “Careburro” y “el del bigote”. ¡Qué paz!

Abril, 2026.

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