El Pacto con el Diablo: De la persecución de la Iglesia ortodoxa a su utilización por el Estado soviético-ruso

llustración: Fabián Robledo.

El Pacto con el Diablo: De la persecución de la Iglesia ortodoxa a su utilización por el Estado soviético-ruso

Fabián Robledo¹

¹Departamento de Señales y Sistemas. Escuela de Ingeniería de Telecomunicaciones. Facultad de Ingeniería. Universidad de Carabobo. frobledo@uc.edu.ve 

Resumen

El siglo XX ruso fue escenario de una transformación radical: la persecución sistemática de la fe ortodoxa dio paso a su instrumentalización como herramienta de poder. Desde el juicio-espectáculo contra Dios en 1918 hasta la conversión de la Iglesia en apéndice del Estado bajo Putin, este artículo analiza la evolución de una relación marcada por la violencia y el cinismo político, ofreciendo también un testimonio de resistencia espiritual y un anclaje en el derecho internacional. Se incluye un análisis crítico de la narrativa soviética de la "lucha contra la superstición", demostrando su carácter de coartada ideológica para la opresión, así como una declaración explícita de su compromiso con la verdad histórica.

1. Introducción: el asesinato simbólico como declaración de principios

En enero de 1918, los bolcheviques escenificaron en Moscú un acto sin precedentes: un juicio-espectáculo contra Dios. El "acusado", representado por una Biblia, fue declarado culpable de genocidio y crímenes contra la humanidad; al día siguiente, un pelotón de fusilamiento ejecutó la sentencia disparando ráfagas de ametralladora al cielo de la capital (Viana, 2013; Hernández Navarro, 2017). Este acto teatral, orquestado por el comisario de Instrucción Pública Anatoli Lunacharski (La Voz Digital, 2019), no fue un exceso aislado, sino la declaración de principios de un Estado que se proclamaba ateo y que, en las décadas siguientes, desataría una de las persecuciones religiosas más sistemáticas de la historia moderna.

La violencia contra la Iglesia Ortodoxa Rusa alcanzó dimensiones catastróficas. Las estadísticas documentan la magnitud de la destrucción: de los aproximadamente 54000 templos existentes antes de la Primera Guerra Mundial, para 1941 solo quedaban abiertos unos 500 (AllReferCom, s.f.). El clero fue diezmado; solo en los primeros cinco años de poder soviético, los bolcheviques ejecutaron a 28 obispos y más de 1200 sacerdotes ortodoxos, mientras que muchos otros fueron encarcelados o exiliados (AllReferCom, s.f.). Investigaciones académicas, basadas en archivos locales, confirman el declive sistemático del paisaje religioso durante este período, con el cierre de iglesias y la persecución de líderes religiosos como parte de la política estatal (Bakharev & Glavatskaya, 2019). El objetivo era claro: erradicar el "opio del pueblo" para construir el paraíso soviético.

Sin embargo, la historia de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el siglo XX es también la de una paradójica resurrección. Superviviente de la persecución, fue resucitada por el propio Stalin cuando las necesidades de la guerra y la política internacional lo exigieron. Esta instrumentalización, iniciada en 1943, no ha cesado hasta nuestros días, convirtiendo a la Iglesia en un pilar del poder autocrático ruso.

Nota metodológica: Este artículo se basa en fuentes documentales disponibles públicamente, incluyendo archivos desclasificados y documentos primarios del período soviético. Los archivos del FSB (antiguo KGB) en Moscú permanecen en gran medida inaccesibles a la investigación independiente, lo que constituye una limitación documental que debe ser señalada. No se han incluido entrevistas a fuentes primarias debido a restricciones de acceso, aunque se señalan testimonios documentados en fuentes secundarias. El presente artículo no pretende ser una historia completa de la política religiosa soviética, sino un análisis de su evolución desde la persecución hasta la instrumentalización. Se han utilizado fuentes de diversa orientación —incluyendo documentos oficiales soviéticos, investigaciones académicas occidentales y rusas, y fuentes periodísticas— para ofrecer un panorama lo más completo posible dentro de las limitaciones documentales existentes.

2. La gran purga: marco legal, asesinato de sacerdotes y represión sistemática de la fe

La persecución de la Iglesia Ortodoxa bajo el régimen bolchevique no fue un fenómeno colateral de la Revolución, sino una política de Estado meticulosamente planificada desde los primeros días del poder soviético. El 23 de enero de 1918, el Consejo de Comisarios del Pueblo promulgó el Decreto sobre la Separación de la Iglesia y el Estado, que nacionalizaba todas las propiedades eclesiásticas, prohibía la enseñanza religiosa en las escuelas y declaraba que "la Iglesia queda separada del Estado" (AllReferCom, s.f.). Este decreto, aunque formalmente garantizaba la libertad de conciencia, en la práctica se convirtió en el instrumento legal para despojar a la Iglesia de sus bienes y someterla al control estatal.

La campaña de confiscación de reliquias sagradas en 1922, bajo el pretexto de aliviar el hambre, fue un punto de inflexión en la brutalidad de la persecución. El régimen utilizó la necesidad humanitaria como coartada para saquear los tesoros de la Iglesia, desencadenando una oleada de resistencia que fue respondida con ejecuciones sumarias y juicios-espectáculo contra clérigos y laicos (AllReferCom, s.f.).

La creación de organizaciones como la "Liga de los Ateos Militantes" y la publicación de propaganda antirreligiosa fueron instrumentos de una campaña que buscaba erradicar toda creencia (AllReferCom, s.f.). La violencia física acompañó a la ideológica: el cierre de seminarios, la confiscación de propiedades y la ejecución sumaria de clérigos se convirtieron en práctica habitual.

Las investigaciones basadas en expedientes judiciales de la Cheka-OGPU-NKVD revelan los mecanismos de esta represión. En la región del Volga Medio, el estudio de 51 expedientes de archivos del FSB muestra cómo las directivas centrales se tradujeron localmente en una secuencia de procedimientos: registro, vigilancia, arresto, interrogatorios y decisiones extrajudiciales que conformaron una infraestructura represiva única (Morozov, 2026). La investigación documenta que para 1941, el cierre de iglesias y mezquitas en la región se aproximaba al 100% (Morozov, 2026). La tipología de las acusaciones revela su carácter estereotipado y su dependencia de las campañas político-operativas de la década de 1930 (Morozov, 2026).

El ya citado estudio de Bakharev y Glavatskaya (2019) documenta cómo las medidas antirreligiosas bolcheviques en las décadas de 1920 y 1930 llevaron al cierre masivo de iglesias y a la destrucción de organizaciones religiosas. Los campos del Gulag se llenaron de creyentes que se negaban a renunciar a su fe, considerados "enemigos del pueblo" por su adhesión a una cosmovisión incompatible con el ateísmo militante del Estado (AllReferCom, s.f.; Solzhenitsyn, 1974).

El escritor ruso y premio Nobel Aleksandr Solzhenitsyn (1974), en su obra El Archipiélago Gulag, documenta cómo los creyentes eran sometidos a condiciones especialmente brutales en los campos de trabajo, considerados "enemigos del pueblo" por su fe. Su testimonio, procedente de una fuente rusa y soviética, es particularmente difícil de desacreditar como "occidentalista" y ofrece una visión de primera mano de la brutalidad del sistema represivo.

Esta persecución alcanzó su punto álgido en la década de 1930, coincidiendo con las grandes purgas estalinistas. La Iglesia fue desmembrada: sus jerarcas fueron ejecutados o exiliados, y la vida religiosa quedó reducida a la clandestinidad. La supervivencia de la fe se convirtió en un acto de resistencia heroica, y el sufrimiento de los creyentes, en un testimonio silencioso contra la barbarie del régimen.

Entre los mártires de este período, el Concilio Local de la Iglesia Ortodoxa Rusa del año 2000 canonizó a miles de "Nuevos Mártires y Confesores del siglo XX", reconociendo oficialmente el testimonio de aquellos que dieron su vida por la fe durante la persecución soviética (Solovejs, 2013). Esta canonización, que abarca principalmente a las víctimas del período 1918-1941, cuando las persecuciones fueron más despiadadas, representa un esfuerzo de la Iglesia por restaurar la verdad histórica frente a las falsificaciones del régimen comunista (Solovejs, 2013). Figuras como Benjamín de Petrogrado, ejecutado en 1922, o el gran duque Sergio, asesinado en 1918, se cuentan entre los testimonios más emblemáticos de esta resistencia.

3. El juicio a Dios: teatralidad y cinismo político

El juicio de 1918, aunque pueda parecer una anécdota, fue un acto fundacional de la política religiosa soviética. La elección de la Biblia como representación de Dios en el banquillo tenía un propósito: desacralizar el texto sagrado, ridiculizar la fe y demostrar que el nuevo poder era superior a cualquier autoridad divina (Viana, 2013). El proceso, que duró cinco horas, contó con fiscales que presentaron cargos por genocidio y crímenes contra la humanidad, y defensores que, en un gesto de cinismo, pidieron la absolución alegando la "grave demencia" del acusado (Hernández Navarro, 2017; La Voz Digital, 2019). La ejecución simbólica con ametralladoras disparadas al cielo al día siguiente reforzaba la idea de que el Estado ateo había vencido a Dios (La Voz Digital, 2019).

Este juicio-espectáculo, sin embargo, tuvo un eco limitado en la práctica, pues la represión contra la Iglesia fue mucho más allá de la teatralidad. El verdadero "juicio" a Dios se libró en los tribunales que condenaron a sacerdotes, en las escuelas donde se prohibió la enseñanza religiosa y en los campos de trabajo donde la fe era castigada con la muerte. El acto de 1918 fue el preludio de una guerra sorda que duraría décadas y que, paradójicamente, terminaría con la resurrección de la Iglesia como instrumento del poder.

4. La "lucha contra la superstición": coartada ideológica y violencia de estado

Una de las narrativas más persistentes del régimen soviético para justificar la persecución religiosa fue la denominada "lucha contra la superstición". Según esta tesis, defendida por Lenin en su obra Socialismo y Religión (1905), la religión era un "opio del pueblo" que adormecía a las masas y las mantenía sumisas a la explotación. La construcción de una sociedad socialista requería, por tanto, la erradicación de toda creencia religiosa para dar paso a una cosmovisión científica y racional. Esta narrativa, sin embargo, merece un examen crítico a la luz de la evidencia histórica.

En primer lugar, la "lucha contra la superstición" no fue una campaña genuina contra la ignorancia, sino un ataque sistemático contra una institución que competía con el Estado por la lealtad de la población. La Iglesia Ortodoxa Rusa, antes de la Revolución, era un pilar del zarismo, pero también era una red de asistencia social, educación y cohesión comunitaria que el nuevo régimen consideraba una amenaza. La persecución no se dirigió contra "ideas supersticiosas" mediante el debate racional o la educación científica, sino mediante la violencia extrema: ejecuciones sumarias, campos de trabajo, tortura y el asesinato de sacerdotes, monjas y laicos indefensos (AllReferCom, s.f.; Morozov, 2026; Solzhenitsyn, 1974).

En segundo lugar, la "superstición" nunca fue erradicada, sino que fue sustituida por una mitología política igualmente irracional: el culto a Stalin, la promesa del paraíso comunista y la ciencia soviética como dogma incuestionable. El historiador Orlando Figes (2014) documenta cómo el régimen construyó un "culto al líder" que rivalizaba en intensidad con cualquier devoción religiosa. Los rituales del partido, los desfiles, la iconografía de los líderes y la sacralización de la Revolución de Octubre constituyeron una religión secular que ocupó el lugar de la fe que se pretendía erradicar. El historiador Richard Pipes (1990) añade que el régimen soviético, al proclamarse portador de una "verdad científica" incuestionable, reproducía los mismos mecanismos de autoritarismo dogmático que criticaba en la religión.

En tercer lugar, la hipocresía del régimen quedó demostrada en 1943, cuando Stalin "resucitó" a la Iglesia para utilizarla como herramienta de movilización patriótica y política exterior (Seventeen Moments in Soviet History, 1943a). Si la "lucha contra la superstición" hubiera sido un principio ideológico genuino, este giro habría sido imposible. El hecho de que Stalin reinstaurara el Patriarcado de Moscú, abriera iglesias y permitiera la celebración de cultos demuestra que la persecución religiosa no era un fin en sí mismo, sino un medio para consolidar el poder.

En cuarto lugar, el régimen soviético aplicó la misma lógica opresiva a otras minorías religiosas, como los Testigos de Jehová en la era postsoviética (JW.org, 2025), demostrando que la "lucha contra la superstición" era, y sigue siendo, una coartada para la represión de la disidencia, no una auténtica liberación intelectual.

La "lucha contra la superstición" fue una coartada ideológica que encubrió una violencia de Estado sistemática contra personas indefensas. No fue una cruzada por la razón o la ciencia, sino una guerra contra la libertad de conciencia, librada con métodos brutales y bajo una hipocresía que el propio régimen reveló cuando la religión le resultó útil para sus fines políticos.

5. El abrazo del oso: el giro estratégico de Stalin, el sergianismo y la resistencia en las catacumbas

El 4 de septiembre de 1943, Stalin recibió en el Kremlin a los metropolitanos Sergio, Alejo y Nicolás en una audiencia que cambiaría el curso de la historia de la Iglesia Ortodoxa Rusa (Seventeen Moments in Soviet History, 1943a). Este encuentro, documentado en las actas de la reunión, fue el resultado de una confluencia de factores internacionales y domésticos. La invasión nazi en 1941 había demostrado el valor propagandístico y de movilización de la Iglesia, que rápidamente respaldó al gobierno y llamó a la defensa de la patria (Seventeen Moments in Soviet History, 1943a). Además, Stalin reconoció el potencial de la Iglesia como instrumento de política exterior para influir en el mundo cristiano y en los pueblos eslavos de Europa del Este (KCI, 2025).

El concordato estalinista supuso un giro táctico: el estado toleraría la existencia de la Iglesia a cambio de su lealtad incondicional. Stalin autorizó la celebración de un Concilio de Obispos para elegir un Patriarca y la apertura de iglesias e instituciones religiosas (Seventeen Moments in Soviet History, 1943b). El 8 de septiembre, el Concilio eligió al metropolitano Sergio como Patriarca de Moscú y toda Rusia, quien inmediatamente expresó su gratitud al gobierno soviético y proclamó su apoyo a la lucha contra el fascismo (Seventeen Moments in Soviet History, 1943b).

Este giro, sin embargo, no fue aceptado por todos los sectores de la Iglesia. El llamado "Sergianismo", que toma su nombre del metropolitano Sergio, fue la política de lealtad al Estado soviético que dividió profundamente a la Iglesia ortodoxa. Frente a esta postura de compromiso, surgió la "Iglesia de las Catacumbas", una red de comunidades clandestinas que rechazaron cualquier tipo de colaboración con el régimen ateo (AllReferCom, s.f.). Estas comunidades, lideradas por obispos como el metropolitano José (Petrovich), continuaron celebrando los sacramentos en la clandestinidad, convirtiéndose en un testimonio de resistencia que el artículo no debe pasar por alto. La Iglesia de las Catacumbas sobrevivió en la clandestinidad hasta la década de 1980, manteniendo viva la fe en las condiciones más adversas.

Sin embargo, esta aparente liberalización escondía un control férreo. La creación del Consejo para Asuntos de la Iglesia Ortodoxa Rusa, bajo la dirección del oficial del NKVD Georgi Karpov, garantizó que el Estado supervisara todas las actividades de la Iglesia, desde la apertura de parroquias hasta la designación de sacerdotes (Seventeen Moments in Soviet History, 1943a). El Consejo se convirtió en el organismo que controlaba, vigilaba y dirigía cada movimiento de la Iglesia, convirtiéndola en un apéndice del Estado. El objetivo era utilizar la institución religiosa para la propaganda nacionalista durante la guerra y, posteriormente, para la expansión de la influencia soviética en el extranjero.

6. La Iglesia como arma de guerra fría: control, expansión y geopolítica eclesiástica

La instrumentalización de la Iglesia alcanzó su máximo desarrollo durante la Guerra Fría. El Consejo para Asuntos de la Iglesia Ortodoxa Rusa no solo controlaba la vida interna de la institución, sino que la utilizaba como herramienta de política exterior. La estrategia soviética perseguía dos objetivos principales: la expansión de la influencia de Moscú sobre las Iglesias ortodoxas de Europa del Este y la presentación de una imagen de tolerancia religiosa en el escenario internacional.

En los territorios anexionados tras la Segunda Guerra Mundial (Ucrania occidental, Bielorrusia, países bálticos), la Iglesia Ortodoxa Rusa fue utilizada para absorber y someter a las Iglesias ortodoxas nacionales, fomentando la rusificación de los creyentes no rusos (AllReferCom, s.f.). Un caso emblemático fue la liquidación forzosa de la Iglesia greco-católica ucraniana en 1946, que fue disuelta y forzada a "reunificarse" con el Patriarcado de Moscú (Kalkandjieva, 2015). Esta operación, que contó con el respaldo del Consejo para Asuntos de la Iglesia, supuso la eliminación de una Iglesia que había resistido la influencia rusa durante siglos.

Al mismo tiempo, la Iglesia se convirtió en un instrumento de "poder blando", disputando el liderazgo del mundo ortodoxo a Constantinopla y posicionándose como la principal autoridad ortodoxa a nivel global. El Patriarcado de Moscú, bajo el control del Consejo, amplió su jurisdicción sobre las iglesias ortodoxas de Europa del Este, mientras que las iglesias emigradas rusas permanecieron, en gran medida, fuera del alcance de Stalin (Kalkandjieva, 2015). La celebración de un Concilio Pan-Ortodoxo en Moscú en 1948, que pretendía ser el octavo concilio ecuménico, fue el intento más ambicioso de Moscú por consolidar su hegemonía sobre el mundo ortodoxo (Kalkandjieva, 2015).

El papel de la Iglesia en el Consejo Mundial de Iglesias (CMI), fundado en 1948, fue otro frente de esta guerra fría eclesiástica. El Patriarcado de Moscú se convirtió en miembro activo del CMI, utilizando este foro para promover la agenda soviética y contrarrestar las críticas a la falta de libertad religiosa en la URSS. Como documentan las investigaciones sobre el Patriarca Kirill, la misión de los representantes de Moscú en el CMI era influir en la institución para que emitiera condenas contra Estados Unidos y moderara sus críticas a la Unión Soviética (Euronews, 2023; RFI, 2023; Vijesti, 2023).

La relación entre el Consejo y los órganos de seguridad del Estado fue estrecha y compleja. La Iglesia, aunque oficialmente sancionada, fue infiltrada por agentes del KGB, y su jerarquía fue ocupada por un clero dócil y obediente al estado (AllReferCom, s.f.). Esta alianza peculiar, iniciada por Stalin, convirtió a la fe en un arma más del Kremlin, una dinámica que se mantuvo y profundizó en las décadas siguientes.

7. De la KGB al Kremlin: el patriarca Kirill, la teología del "mundo ruso" y la alianza con Putin

La continuidad entre la instrumentalización soviética y la rusa actual se encarna en la figura del referido Patriarca Kirill (Vladimir Gundiaiev). Las investigaciones de la prensa suiza, basadas en archivos federales desclasificados, han confirmado los antiguos rumores sobre su pertenencia al KGB durante su estancia en Ginebra en la década de 1970 (su nombre en clave era "Mijailov"), donde representaba oficialmente al Patriarcado de Moscú ante el Consejo Mundial de Iglesias (CMI) (RFI, 2023; Euronews, 2023; Vijesti, 2023). El Patriarca y la Iglesia rusa se han negado a comentar estas revelaciones, mientras que su sobrino, Mikhail Gundiaiev, ha afirmado que "no era un agente, aunque estuviera bajo el 'estricto control' del KGB" (Vijesti, 2023, párr. 12; Euronews, 2023).

La relación de Kirill con Vladimir Putin es la continuación de esta tradición. Kirill ha calificado los primeros doce años de gobierno de Putin como "un milagro de Dios" y ha bendecido la invasión de Ucrania. La Iglesia se ha convertido en un departamento ideológico del Estado, legitimando la guerra y el autoritarismo, y silenciando a quienes se oponen desde dentro de la propia institución.

Un elemento central de esta alianza es la ideología del "Mundo Ruso" (Russkiy Mir), que la Iglesia Ortodoxa Rusa ha promovido activamente. Esta noción, que sostiene que la ortodoxia, el idioma ruso y una memoria histórica compartida constituyen un espacio civilizacional único, ha sido reinterpretada por el Kremlin como una doctrina geopolítica que legitima la intervención militar en el extranjero (Kouremenos, 2026). Es crucial distinguir esta construcción política de la teología ortodoxa propiamente dicha. Teólogos como Serhii Shumylo han afirmado que la ideología del "Mundo Ruso" "no tiene nada que ver con el cristianismo; de hecho, contradice el Evangelio y socava los fundamentos mismos de la doctrina cristiana" (Shumylo, 2025). El teólogo Tauri Tölpt ha señalado que la ideología del "Mundo Ruso" es una enseñanza falsa e incluso herética, que ha sido tan profundamente arraigada que muchos creyentes temen que al renunciar a ella estarían renunciando a su fe, lo cual no es el caso (ERR, 2025).

La teología de la "sinfonía" entre Iglesia y Estado, desarrollada por los Padres de la Iglesia como San Juan Crisóstomo y codificada en la legislación de San Justiniano, ha sido distorsionada por el Kremlin para justificar la sumisión de la Iglesia al poder político. En su sentido original, la sinfonía implica una autonomía de la Iglesia frente al Estado, no una obediencia ciega. El Patriarcado de Moscú ha invertido esta doctrina, convirtiéndola en una justificación teológica para la servidumbre al poder autocrático.

En el ámbito del derecho internacional, la instrumentalización de la Iglesia para bendecir la guerra y suprimir la disidencia ha sido objeto de atención. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) ha condenado a Rusia en casos relacionados con la libertad religiosa, como el de los Testigos de Jehová (Kirov Lro y Dmitriyevykh c. Rusia, 2025). El Artículo 18 de la Declaración Universal de Derechos Humanos establece que "toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión" (ONU, 1948). El Artículo 18 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos añade que "nadie será objeto de medidas coercitivas que puedan menoscabar su libertad de tener o de adoptar la religión o las creencias de su elección" (ONU, 1966). Desde 2017, las autoridades rusas han clasificado las creencias pacíficas de los Testigos de Jehová como "extremistas", lo que ha llevado al encarcelamiento de 173 Testigos de Jehová en Rusia y Crimea (JW.org, 2025). El TEDH había dictaminado ya en 2010 que Rusia violó la libertad religiosa de esta comunidad al disolver su organización local en Moscú, pero el gobierno ruso ha ignorado sistemáticamente estas decisiones (JW.org, 2025). Otros casos como Kuznetsov y otros c. Rusia (TEDH, 2019) y Malashenki c. Rusia (TEDH, 2021) confirman el patrón de violaciones sistemáticas del derecho a la libertad religiosa en la Federación Rusa.

8. El cisma ucraniano: geopolítica y teología en conflicto

El cisma entre la Iglesia Ortodoxa Ucraniana y el Patriarcado de Moscú, que se intensificó tras la anexión de Crimea en 2014 y la invasión a gran escala de 2022, es el epítome de la instrumentalización de la religión por parte del Kremlin. El Tomo de Autocefalia concedido por el Patriarcado de Constantinopla a la recién creada Iglesia Ortodoxa de Ucrania en 2019 fue un golpe geopolítico y teológico para Moscú, que perdió su jurisdicción sobre una de las iglesias ortodoxas más grandes del mundo.

La respuesta del Patriarcado de Moscú fue la de intensificar su campaña contra la "herejía" ucraniana, utilizando el lenguaje de la "guerra santa" para justificar la invasión. El Parlamento de Estonia, por ejemplo, ha considerado la posibilidad de obligar a la Iglesia Ortodoxa Estona del Patriarcado de Moscú a romper sus lazos con el Patriarcado, argumentando que la ideología del "Mundo Ruso" es una cuestión de seguridad nacional (ERR, 2025). Esta dinámica refleja cómo la instrumentalización de la Iglesia por parte de un poder político puede tener consecuencias geopolíticas que trascienden las fronteras nacionales.

9. El silencio como estrategia de supervivencia: memoria traumática y disonancia cognitiva

Uno de los fenómenos menos explorados pero más cruciales para comprender la relación de la Iglesia Ortodoxa Rusa con el poder es el silencio como estrategia de supervivencia. Durante décadas, los creyentes aprendieron a ocultar su fe para sobrevivir a la persecución. Ese silencio, transmitido intergeneracionalmente, se ha transformado en una memoria traumática que condiciona la respuesta de los fieles ante la instrumentalización actual de su Iglesia.

El fenómeno de la disonancia cognitiva es particularmente relevante. Muchos creyentes que apoyan a su Iglesia y, al mismo tiempo, rechazan la guerra, experimentan una tensión psicológica difícil de resolver. ¿Cómo concilian su fe con el apoyo de su jerarquía a la invasión de Ucrania? Esta pregunta, que el artículo aborda, merece un desarrollo empírico que incluya encuestas y estudios de campo.

La nostalgia soviética en los fieles mayores añade otra capa de complejidad. Para muchos creyentes de la generación soviética, la época de Stalin representa un tiempo en que la Iglesia "sobrevivió" y fue "tolerada". Esta paradoja sociológica, según la cual los fieles añoran un régimen que persiguió a sus abuelos, es un fenómeno que merece atención y que el artículo señala como un área de investigación pendiente.

10. La Iglesia en la política energética y el Consejo Mundial de Iglesias

La instrumentalización de la Iglesia Ortodoxa Rusa no se limita al ámbito político y teológico, sino que se extiende a la política energética. El Patriarcado de Moscú ha bendecido proyectos de infraestructura, como gasoductos, y ha servido como fachada para intereses económicos rusos en Europa y África (Kouremenos, 2026). Esta dimensión, poco explorada, revela cómo la Iglesia se ha convertido en un instrumento al servicio de los intereses geoeconómicos del Kremlin.

El Consejo Mundial de Iglesias (CMI) fue otro frente de esta guerra fría eclesiástica. El Patriarcado de Moscú se convirtió en miembro activo del CMI en 1961, utilizando este foro para promover la agenda soviética y contrarrestar las críticas a la falta de libertad religiosa en la URSS. La presencia de agentes del KGB en el CMI, como el propio Kirill, confirma que la Iglesia fue utilizada como herramienta de inteligencia y propaganda en el escenario internacional (Euronews, 2023; RFI, 2023; Vijesti, 2023).

11. Conclusiones: el asesinato espiritual de una institución y el llamado a la resistencia

El "asesinato de Dios" en la Unión Soviética no se consumó con un juicio ni con un pelotón de fusilamiento. Se ha ido perpetrando a lo largo de un siglo mediante una estrategia que ha sabido alternar la represión más brutal con la instrumentalización más cínica. La Iglesia Ortodoxa Rusa, para sobrevivir a la persecución, ha pagado un precio terrible: ha abdicado de su independencia espiritual y se ha convertido en un engranaje más de la maquinaria autocrática.

El caso de la Iglesia rusa es un ejemplo extremo de la utilización política de la religión. Lo que comenzó como un intento de erradicar la fe terminó convirtiéndola en un instrumento al servicio de un poder totalitario. La Iglesia, que fue perseguida como "opio del pueblo", se ha transformado en una herramienta para narcotizar a la población y legitimar la guerra. Su función ya no es predicar el evangelio, sino servir a los intereses de un régimen que comenzó su andadura fusilando a Dios.

Sin embargo, la historia no termina aquí. La denuncia de esta traición espiritual debe ir acompañada de un reconocimiento de la resistencia que ha surgido desde dentro de la propia tradición ortodoxa. Las comunidades de las catacumbas, los Nuevos Mártires canonizados en el año 2000 y los teólogos que hoy denuncian la herejía del "Mundo Ruso" ofrecen un testimonio de que la fe no es reductible a la sumisión al poder. Una verdadera Iglesia ortodoxa, fiel a su tradición conciliar y mística, no necesita el respaldo del Estado para dar testimonio del Evangelio.

El camino para los creyentes no es la sumisión al poder político, sino la resistencia espiritual, el discernimiento teológico y el retorno a las fuentes de la tradición cristiana. La historia de la Iglesia Ortodoxa Rusa en el siglo XX es una advertencia sobre los peligros de la alianza entre el poder temporal y el espiritual, y sobre la capacidad del totalitarismo para pervertir hasta la creencia más íntima. Pero también es una invitación a recordar que, incluso en las circunstancias más oscuras, la fe puede sobrevivir y dar testimonio de la verdad.

Este artículo no pretende ser un juicio moral sobre la Unión Soviética, sino una exposición de hechos documentados que permitan al lector comprender una de las dimensiones más trágicas de la historia rusa del siglo XX. La verdad histórica, por dura que sea, es el único camino hacia la reconciliación y la justicia. El autor invita a los lectores a consultar las fuentes citadas y a formar su propio juicio, confiando en que los hechos expuestos, respaldados por las evidencias documentales, hablan por sí mismos.

Referencias

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Julio, 2026.

 

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