El tiro desde el punto penal: fusilamientos, sortilegios y el veredicto de la grada
El tiro desde el punto penal: fusilamientos, sortilegios y el veredicto de la grada
Fabián Robledo¹.
¹frobledo@uc.edu.ve
Resumen
Once metros que deciden el destino de una nación. Un pateador que ensaya su celebración mental mientras camina al patíbulo. Un portero que ha estudiado vídeos durante días para que el balón termine haciendo justo lo contrario. Una grada que pasa de la adoración a la guillotina en tres segundos. Travesaños que se ríen, césped que resbala, árbitros que consultan el oráculo del VAR, y un Panenka que es la burla más refinada. El penalti no es fútbol: es una ruleta rusa con balón, donde el único ganador seguro es el comentarista que finge emoción.
1. El preludio: cuando el tiempo se detiene y el pateador se vuelve chamán
Hay instantes en el fútbol que se desmarcan del resto del partido. No son jugadas, son paréntesis. El reloj se detiene, el bullicio se pliega sobre sí mismo, y veintidós hombres se reducen a dos: uno que va a patear un balón y otro que va a intentar detenerlo. Once metros de distancia, una línea blanca, un rectángulo de césped y una pelota que pesa lo justo para desatar alegrías o derrumbes. Eso es un penalti. Y en la Copa del Mundo, mientras las naciones se paralizan y los corazones olvidan su ritmo natural, asistimos una y otra vez a esta ceremonia donde el azar se disfraza de técnica, y la tradición se viste de short corto y camiseta.
El penalti es la soledad del individuo frente al infinito, pero con un balón de cuero y 80000 personas juzgando cada uno de los movimientos del pateador y del portero. Y el infinito, no tiene piedad.
Observen al pateador. No es un futbolista, es un oficiante de un culto personal. Antes de tocar el cuero, realiza un ritual que escandalizaría a un chamán amazónico: se santigua con la mano temblorosa, besa el balón como si fuese la reliquia de un santo, coloca el esférico en el punto con la precisión de un joyero ajustando un diamante, y luego da tres pasos atrás, dos a la derecha, uno a la izquierda... y otro más, por si acaso. Algunos incluso tocan el césped y susurran plegarias a sus abuelas difuntas.
Si el disparo sale mal, el amuleto quedará desprestigiado para siempre, y el jugador, en su duelo, cambiará de pulsera de colores como un adolescente en crisis. Porque el penalti no se juega solo con la pierna; se juega con el miedo, con la memoria y con el número de pasos que, según el horóscopo, traen fortuna. Y mientras tanto, el balón, que no ha leído ningún informe ni consultado ningún oráculo, sigue siendo redondo, esperando su turno con la indiferencia de un dios que sabe que siempre ganará.
2. La caminata del condenado
Pero antes del ritual, está la caminata. Esa travesía desde el centro del campo hasta el punto de penalti que, en circunstancias normales, se recorre en cinco segundos, pero que en este momento se convierte en una peregrinación de una eternidad. Hay quien va con la cabeza gacha, arrastrando los pies, como si llevara los grilletes de un condenado camino del patíbulo. Hay quien va saltando, tratando de engañar a su propio nerviosismo, como si los brincos pudieran confundir al miedo. Hay quien se detiene a mitad de camino para atarse los cordones, como si sus zapatos fueran a decidir el destino de una nación. Algunos incluso se tocan el pecho, se miran al cielo, o intercambian miradas con el portero que ya espera en la línea, moviendo los brazos como un espantapájaros epiléptico.
Y mientras camina, el pateador ensaya mentalmente su celebración. La ve con claridad: correr hacia la esquina, deslizarse de rodillas, levantar los brazos, mirar a su familia en la grada. La celebración ya es casi real. Y entonces, si falla, esa celebración imaginada se convierte en el recuerdo más amargo de todos. Porque no es solo el fracaso lo que duele; es la gloria que ya habías disfrutado en tu mente y que ahora se desvanece como un sueño al despertar. Esa caminata es un microcosmos de la condición humana: todos sabemos que vamos a morir, pero intentamos hacerlo con dignidad, o al menos con los cordones bien atados. Y en esos pasos, el pateador siente cómo sus compañeros lo observan desde la distancia, midiéndolo, evaluándolo, como un jurado que ya ha decidido el veredicto pero aún no lo ha comunicado.
3. La batalla mental: el diálogo interno del condenado
Mientras camina, en la cabeza del pateador se libra una guerra civil. Su cerebro, dividido en dos facciones irreconciliables, mantiene un diálogo digno de una obra de Beckett. Y mientras tanto, su respiración, que debería ser controlada y profunda como le han enseñado los psicólogos deportivos, se convierte en un resuello errático, entrecortado, como el de un pulmón que ha decidido declararse en huelga. La técnica de respiración, que en los entrenamientos funcionaba a la perfección, ahora es un caos. Porque el cuerpo, cuando sabe que 80000 personas lo miran, olvida todas las lecciones y se comporta como un animal asustado.
Cerebro izquierdo: "No pienses en fallar. No pienses en fallar. Concéntrate en el gol."
Cerebro derecho: "Acabas de pensar en fallar. Ahora no pienses en que acabas de pensar en fallar."
Cerebro izquierdo: "¡Cállate! Mira al portero. ¿A qué lado se va a tirar?"
Cerebro derecho: "No sé. ¿Y si se queda quieto? ¿Y si me hace un Panenka? ¿Y sí...?"
Cerebro izquierdo: "¡BASTA! Solo patea. Patea como en los entrenamientos."
Cerebro derecho: "Pero en los entrenamientos no hay 80000 personas mirando. Y mi madre. Y mi exnovia(o). Y el meme que me van a hacer si fallo."
Cerebro izquierdo: "Demasiado tarde. Ya estás pensando en el meme."
Y mientras esta conversación se desarrolla a la velocidad del rayo, el pateador llega al punto, coloca el balón, y por un instante, todo su entrenamiento, toda su técnica, toda su preparación, se reducen a una pregunta simple: ¿izquierda o derecha? El psicólogo deportivo llamaría a esto "parálisis por análisis". Es el momento en que el ser humano se da cuenta de que no controla nada, y que el balón, al final, siempre decide por él. Porque el penalti no es un acto de voluntad; es un acto de fe. Y la fe es la madre de todas las incertidumbres.
4. La física del drama: el pateador, el portero y la geometría del sufrimiento
Pero la superstición, la caminata y la batalla mental son apenas el preludio. Porque el penalti es, ante todo, una ejecución capital con balón. Llamamos "fusilar" al remate, y no es metáfora vana. El delantero carga su pierna como un arcabuz, el portero se encoge como un prisionero ante el pelotón, y la grada contiene el aliento como si el mundo se fuera a acabar. Solo que en este fusilamiento, el ejecutado tiene la potestad de desviar la bala con las manos y luego celebrarlo con un baile ridículo. Si un condenado a muerte hiciera eso, lo encerrarían en un manicomio. Pero en el fútbol, lo llaman reflejos felinos y le dedican portadas.
Y qué decir del portero, ese pobre hombre obligado a adivinar el futuro. Los comentaristas hablan de sus reflejos de araña o de gato, pero ningún gato, en su sabiduría, se lanzaría a una esquina antes de ver al ratón moverse. El portero debe elegir entre tres opciones: izquierda, derecha o quedarse quieto. Esta última, reservada para estoicos, suicidas o para aquellos que han leído demasiado a Schopenhauer. Cuando acierta, es un nigromante que ha conjurado al demonio de la estadística; cuando falla, es un simple adorno de red, un paisajista que observa el balón pasar con la dignidad de un mayordomo al que se le cae la bandeja de plata.
Pero lo que no se ha contado aún es la preparación previa del portero. Días antes del partido, el guardameta se encierra en una sala de vídeo con una computadora, un café frío y la mirada de un entomólogo que estudia una colonia de hormigas devastadoras. Analiza cada penalti del pateador rival: su carrera, su mirada, su tendencia, el ángulo de su pie de apoyo, la posición de su cadera. Memoriza patrones, elabora estadísticas, crea teorías. Y luego, en el momento del disparo, el pateador hace justo lo contrario de lo que había hecho en los últimos veinte penaltis. El portero se queda mirando el balón entrar por el lado contrario, y piensa, con la amargura de un científico cuyo experimento ha fallado: "Cuatro días de vídeos para esto". La preparación, en el penalti, es el arte de acumular información inútil. Y el portero, que lo sabe, vuelve a la sala de vídeo para el próximo partido, porque la esperanza, en el fútbol, es una enfermedad crónica, como en muchas otras áreas de la vida.
Y en el momento del lanzamiento, la técnica del portero se despliega en toda su variedad. Algunos se tiran con una mano, estirando el brazo como si quisieran alcanzar el horizonte; otros usan las dos, como si abrazaran el destino; otros, los más teatrales, mueven los brazos como un pulpo electrificado, intentando intimidar al pateador con su coreografía caribeña. Y luego, cuando el balón entra, el portero que se ha tirado con una mano mira su guante vacío y piensa: "Si hubiera usado las dos...". Esa duda, ese "y si", es el fantasma que persigue a los porteros durante el resto de sus vidas.
Pero hay un castigo peor, una variedad del infierno que solo conocen los porteros: el que adivina el lado, se estira con elegancia felina, y el balón pasa rozando su guante. Ese centímetro de diferencia le robará el sueño por décadas. Despertará a las tres de la madrugada, sudando frío, viendo la repetición de su dedo índice fallido. Los psicólogos deportivos lo llaman trauma; otros le dicen la maldición del guante vacío. Y sin embargo, cuando el portero ataja, cuando sus dedos desvían el balón, se convierte en algo más que un hombre. Durante tres segundos, es un dios. La grada enloquece, sus compañeros lo abrazan, y él, con el puño en alto, siente que ha vencido al destino. Esa gloria, tan breve como intensa, es el contrapeso perfecto a la maldición del guante vacío. Y el portero, que ha conocido ambos extremos, sabe que el penalti es una ruleta rusa donde la única bala es el ridículo.
Y cuando el portero ataja y se levanta como si nada, con esa indiferencia olímpica que parece decir "esto es lo que hay, no era tan difícil", el aficionado contrario siente una furia irracional. Porque esa indiferencia, esa frialdad, es la mayor provocación. El portero no celebra con euforia; no se tira al suelo; no se abraza a sus compañeros. Simplemente se levanta, se sacude el polvo, y mira al pateador con una mezcla de lástima y desprecio. Y el aficionado, desde la grada, grita: "¡Pero si no ha hecho nada! ¡El balón le ha dado en el pecho!". Pero el portero, que sabe que la indiferencia es la mayor ofensa, sigue caminando como si hubiera realizado otra atajada más. Y el aficionado, que no puede soportar esa arrogancia, le dedica una colección de insultos que su madre no aprobaría.
5. El martirio del metal: travesaños, parales y otras ironías del destino
Ahora bien, si el penalti ya es una lotería, la naturaleza ha decidido añadirle capas adicionales de sadismo con la intervención del travesaño y los postes. Estos tres elementos metálicos, que en teoría deberían ser meros delimitadores, se han convertido en los verdugos más caprichosos del fútbol.
Observen el caso del balón que se estrella contra el travesaño con la violencia de un cañonazo. El sonido metálico resuena en el estadio como la campanada de una sentencia. La pelota rebota hacia el césped, y durante una fracción de segundo, el universo entero contiene la respiración. ¿Entrará? ¿No entrará? El portero, que ya se había tirado al suelo derrotado, se incorpora como un resucitado, mientras el pateador, que ya comenzaba a celebrar, siente cómo la alegría se le escurre entre los dedos. Y entonces ocurre lo peor: el balón, en su rebote, golpea al portero en la espalda, en la cabeza o en cualquier parte del cuerpo, y se cuela lentamente, con la desfachatez de un ladrón que entra por la puerta trasera. El portero, que había sobrevívido al disparo original, termina empujando el balón hacia su propia red. Es como si el destino dijera: "No basta con fallar; hay que fallar con estilo y, de paso, humillar al guardameta".
Y qué decir del balón que golpea en el poste lateral. El sonido es más agudo, más traicionero. La pelota viaja paralela a la línea de gol, besa el metal con la delicadeza de un amante despedido, y luego rueda mansamente por el borde de la portería, como si estuviera deliberando si merece la pena entrar. A veces decide que sí, y entonces es la gloria; a veces decide que no, y entonces es el ridículo. El pateador, que ya veía el gol en su mente, se queda congelado, su cerebro tratando de procesar cómo es posible que un objeto esférico, que viaja a cien kilómetros por hora, pueda negarse a traspasar una línea pintada con cal.
Pero la más cruel de todas es la del balón que golpea en un poste, rebota en el otro, y finalmente sale despedido hacia el lateral. Esa trayectoria en zigzag es la burla más refinada del cosmos. El pateador ha hecho todo bien: potencia, colocación, efecto. Y sin embargo, el balón, en su peregrinaje metálico, decide que hoy no es el día. Es como si el esférico tuviera voluntad propia y, en un acto de rebeldía existencial, se negara a cumplir con su deber. Y mientras el pateador se lleva las manos a la cabeza, el balón rueda lentamente hacia el córner, como si se despidiera con una sonrisa burlona.
6. El horror supremo: cuando el balón se va a la Luna
Pero hay una categoría superior del fracaso, un abismo más profundo que el simple poste o travesaño. Es el disparo que sale desviado, el que se eleva por encima del larguero y se pierde en las gradas, en el cielo o, según algunos testigos, en la órbita terrestre baja. Este es el momento en que el pateador, que ha ensayado ese tiro mil veces en el entrenamiento, ejecuta un movimiento que ningún entrenador le ha enseñado y que ningún manual de técnica recomienda: el pelotazo a la estratosfera.
El sonido es inconfundible: un golpe seco, seguido de un silencio atónito, y luego el murmullo creciente de la incredulidad. La pelota se eleva, se eleva, y mientras asciende, el pateador la sigue con la mirada, como un padre que ve a su hijo alejarse en un tren hacia el exilio. En su rostro se dibuja una mezcla de sorpresa, vergüenza y un atisbo de traición: "¿Cómo has podido hacerme esto, balón?
La grada, que un segundo antes era pura expectativa, exhala un gemido colectivo que podría escucharse en el país vecino. Y el pateador, pobre hombre, tiene que recorrer los cincuenta metros que lo separan del centro del campo con la lentitud de un condenado que camina hacia el patíbulo. Cada paso es un recordatorio de su fracaso. Cada mirada de sus compañeros es una daga. Y lo peor es que sabe que esa imagen, la de él cabizbajo y la pelota perdiéndose en el firmamento, será repetida una y otra vez en las televisiones de todo el mundo, como un monumento a su desgracia.
En ese momento, el jugador desearía tener una grieta en el césped, una grieta profunda y acogedora, donde poder meterse y desaparecer hasta que el árbitro pite el final del partido, o hasta que su bisnieto juegue en primera división y la gente haya olvidado su nombre. Pero el césped moderno, tan bien cuidado, no tiene grietas. Solo tiene la línea blanca del punto penal, que ahora le parece un recordatorio de su osadía, y el silencio de los miles de almas que le juzgan.
7. La estadística como placebo: el consuelo de los ingenuos
Mientras todo esto ocurre, los comentaristas, en su afán por darle sentido al caos, desempolvan datos absurdos con la seriedad de un científico nuclear: "Este pateador ha marcado 17 de sus últimos 19 penaltis", "El portero ha atajado el 34% de los penaltis que le han lanzado por su izquierda", "En los mundiales, el 72% de los penaltis se convierten en gol". El público asiente con gravedad, como si esos números fueran a influir en el siguiente disparo. Pero el balón, indiferente a la estadística y a la lógica, decide que hoy el 34% se va a quedar en 33,9%, y el pateador, que había marcado 17 de 19, hoy va a fallar el vigésimo. La estadística es el consuelo de los ingenuos y el juguete de los dioses. Y los dioses tienen un sentido del humor muy peculiar.
8. El teatro de la cabina: comentaristas en estado de gracia
Y si el pateador y el portero son los actores principales, los comentaristas son el coro griego que convierte cualquier penalti en una tragedia de Shakespeare con presupuesto de telenovela. Observen su transformación: un segundo antes del disparo, están relatando la alineación del equipo rival con la monotonía de un funcionario leyendo el boletín oficial. Pero en cuanto el árbitro pita y el pateador arranca su carrera, sus voces se vuelven graves, solemnes, como si estuvieran narrando el desembarco de Normandía. "Ahí está... el momento... la tensión es máxima... el silencio se corta con un cuchillo..." —dicen, mientras el público en casa se pregunta si acaso están narrando el mismo penalti o una película de acción.
Y cuando el balón entra, el comentarista grita con la intensidad de un poseso: "¡GOOOOOOL! ¡GOLAZO!". Su voz se quiebra, parece que va a llorar, que va a abrazar a su compañero de cabina, que va a llamar a su madre para contárselo. Y luego, cuando la repetición muestra que el penalti fue en realidad suave, mal colocado, y que el portero se lanzó al lado contrario, el comentarista modula su tono con la elegancia de un camaleón: "Bueno, pero hay que valorar la sangre fría del pateador, la presión, el momento". Nunca dice: "Fue un penalti mediocre y el portero adivinó mal". Eso no vende. Eso no emociona.
Pero lo más glorioso es cuando el penalti se falla. Entonces el comentarista se convierte en un filósofo del dolor: "El fútbol es así, amigos. Un instante de gloria o de tragedia. Hoy el héroe no pudo ser". Y su voz se vuelve melancólica, como si él mismo hubiera fallado el penalti, como si llevara décadas cargando con ese fracaso. Y el espectador, desde su sofá, siente una punzada de compasión por el comentarista, que está sufriendo tanto como el jugador. Pero no, querido lector: el comentarista no sufre. El comentarista actúa. Es un actor de método que ha ensayado esa frase durante toda su carrera y que, en el fondo, está celebrando porque ese penalti fallado le dará minutos de pantalla, análisis, polémica y, sobre todo, audiencia.
Los comentaristas son los grandes ganadores del penalti. Si entra, se apuntan el tanto narrativo. Si falla, se apuntan el drama. Siempre ganan. Y mientras tanto, el pateador, que realmente ha fallado, se va a casa con la cara destrozada y el alma en pedazos. Pero el comentarista, desde su cabina, ya está pensando en el siguiente penalti, en la siguiente frase épica, en la siguiente oportunidad de fingir que le importa. Porque el fútbol no es solo un deporte; es un teatro, y los comentaristas son sus actores más entregados, aunque su público nunca les pida el bis.
9. El silencio sepulcral: el instante previo al disparo
Pero antes de que el comentarista grite o se entristezca, hay un instante que ningún estudio debería omitir: el silencio que precede al disparo. Es un momento mágico, casi religioso. El estadio entero enmudece. No se oyen cánticos, no se oyen insultos, no se oyen cotufas. Solo se oye el latido del corazón del pateador, que resuena en su pecho como un tambor de guerra, y el de los espectadores, que por un instante olvidan que están viendo fútbol y se sienten parte de una ceremonia ancestral.
Ese silencio, que dura apenas un par de segundos, es el verdadero protagonista del penalti. En él cabe toda la tensión del mundo, toda la esperanza de una nación, y también el miedo atávico del pateador, que sabe que en ese momento es el hombre más solo del planeta. Solo él, el balón, el portero, y el silencio. Y entonces, el pie contacta con el cuero, y el silencio se rompe como un cristal. Pero durante esos dos segundos, el universo entero se detiene. Y el pateador, en su interior, sabe que ese lapso va a definir su vida. Y sin embargo, patea.
10. El resbalón: la tragedia clásica
No hay que olvidar la tragedia clásica por excelencia: el resbalón del pateador en el momento del disparo. El jugador arranca su carrera con la determinación de un guerrero, el pie de apoyo se posa sobre el césped (que, por supuesto, está recién regado, porque los jardineros del estadio tienen un sadismo oculto), y de repente... el pie se desliza como si estuviera patinando sobre hielo. El disparo sale desviado, o peor: sale hacia atrás, o se convierte en un pase ridículo al portero, que lo atrapa con la misma facilidad con que se recoge un mango bajito. El pateador, en el suelo, parece un patinador artístico que ha fallado el triple salto en la final olímpica. La grada ríe, pero con la risa incómoda de quien sabe que ese pobre hombre se va a llevar el recuerdo de ese resbalón toda la vida, y que sus nietos, dentro de cincuenta años, seguirán viendo el video en alguna plataforma digital con interfaz inalámbrica directa al cerebro. Y encima, el césped verda, que es el verdadero culpable, queda impune, sin tarjeta amarilla ni expulsión.
11. El gol fantasma: la gloria que se esfuma
Y luego está la paradoja del gol fantasma. El balón entra, el pateador ya está celebrando con los brazos en alto, ya ha mirado a su familia en la grada, ya ha ensayado mentalmente su celebración durante los últimos tres días. Pero entonces el árbitro, con la frialdad de un verdugo, señala que el portero se movió antes de tiempo, o que un compañero invadió el área, o que la Luna estaba en cuarto menguante. Y el gol, ese gol que ya era una realidad en la mente del pateador, se esfuma como un espejismo en el desierto. El jugador, que había comenzado a correr hacia la esquina para celebrar, se detiene en seco, como un actor al que le han cortado el sonido en medio de su monólogo más brillante. Su rostro pasa de la euforia al desconcierto, y del desconcierto a una tristeza que solo pueden entender aquellos que han visto la gloria a un palmo de distancia y luego la han perdido por un capricho arbitral. Es como si el Universo le dijera: "No tan rápido, hoy no."
12. El árbitro y el VAR: el juez invisible que decide el destino
En relación al árbitro, ha llegado el momento de dedicarle un espacio a este olvidado protagonista. Mientras el pateador y el portero se enfrentan en su duelo particular, el árbitro observa desde la distancia, con la mirada de un cetrero que espera el momento preciso para actuar. Su silbato, colgado del cuello, es la espada de Damocles que pende sobre todos ellos. Y cuando el penalti se ejecuta, su trabajo apenas comienza.
El árbitro debe decidir si el portero se ha movido antes de tiempo (lo que en el argot se llama "adelantarse", aunque el portero jure que fue un milímetro y el árbitro tiene un ojo de lince hambriento), si algún jugador ha invadido el área (como si esos once metros fueran un territorio sagrado donde solo el pateador tiene derecho a pisar), y si el balón estaba bien colocado en el punto (porque, como todos sabemos, un centímetro de desviación puede cambiar el destino de una Copa del Mundo). Y cuando el árbitro señala que el penalti debe repetirse, el caos se desata. El pateador, que ya había celebrado, ahora debe volver a patear. El portero, que ya se sentía derrotado, revive. Y la grada, que ya había exhalado el gemido de la derrota o el rugido de la victoria, se queda en un limbo de incertidumbre.
Pero la guinda del pastel es el VAR. Ese ojo electrónico que todo lo ve y que, en teoría, debería resolver las dudas. En la práctica, el VAR convierte el penalti en un culebrón. El árbitro corre hacia la pantalla, se coloca los auriculares, y observa la repetición con la concentración de un arqueólogo que descubre un fósil. La grada, que no ve lo que él ve, espera en silencio, mientras el pateador, el portero y los 20 jugadores restantes miran al árbitro como si fuera un oráculo o pitonisa sentada en su trípode en Delfos. Y después de lo que parece una eternidad (pero que en realidad son treinta segundos), el árbitro toma una decisión que, invariablemente, enfada a la mitad del estadio.
Y mientras tanto, el diálogo entre el árbitro y la cabina del VAR es una obra de teatro críptica que nadie entiende. El árbitro se toca el auricular, asiente, frunce el ceño, niega con la cabeza, vuelve a asentir. La grada interpreta cada gesto como si fuera un mensaje cifrado: "Ha dicho que es gol", "No, ha dicho que no", "Está consultando el horóscopo". Y al final, cuando el árbitro señala su decisión con la autoridad de un emperador romano, la mitad del estadio explota de alegría y la otra mitad de indignación, cómo se mencionó. El VAR, que no tiene sentimientos, sigue siendo el mismo, indiferente a las pasiones humanas, como un cosmocrator tecnológico que observa el drama desde su nube de píxeles.
13. El tribunal de la grada: de la adulación a la guillotina en tres segundos
Pero lo más fascinante de todo este drama es la audiencia. Esa masa ingente que cinco segundos antes guarda un silencio de catedral gótica, solo roto por el crujido de una snack, y que al contacto del pie con el cuero se transforma en un tribunal sumarísimo. Si hay gol, es un rugido de toro Miura herido, y el pateador es elevado a los altares: mesías, héroe, padre de la patria. Si falla, la grada exhala un gemido de ultratumba, y el mismo que pedía su camiseta firmada ahora exige su cabeza en una pica. El público es la Revolución Francesa con camiseta de color: un día te aplaude, al siguiente te guillotina. La lealtad, en el fútbol, dura lo que un penalti mal ejecutado.
Y antes del disparo, hay un gesto universal que ningún aficionado puede evitar: taparse los ojos. Es un acto reflejo, casi instintivo. El espectador, que ha pagado una fortuna por estar ahí, que ha viajado kilómetros para ver a su equipo, que ha gritado durante noventa minutos, en el momento crucial se tapa los ojos con las manos, como si eso fuera a cambiar el destino. Y luego, entre los dedos, mira. Siempre mira. Porque el ser humano, incluso en su gesto más cobarde, necesita ver el desastre o la gloria con sus propios ojos. El que se tapa los ojos es el mismo que luego, si el penalti falla, dirá: "Yo sabía que iba a fallar". Y si entra, dirá: "Siempre lo supe". La memoria, en el fútbol, es tan selectiva como la de un político.
Y si el portero ataja, la grada que está a favor del pateador siente un odio instantáneo y visceral hacia el guardameta. Ese portero, que hace cinco segundos era un deportista más, se convierte en el enemigo público número uno, y su atajada es una provocación, un gesto de arrogancia que merece ser castigado con silbidos y maldiciones. El fanático no perdona. El fanático no olvida. Y en su mente, el portero que ataja un penalti es un tirano que se ha robado la gloria que le pertenecía a su ídolo.
Y no hablemos de las redes sociales, ese tribunal inquisidor que quema en la hoguera virtual con la misma saña con que antes se quemaba a las brujas qué amamantado al diablo. Solo que ahora, en lugar de leña, usan memes; y en lugar de hoguera, el trending topic. El pateador que falla no es solo un perdedor; es un personaje de la cultura popular, una figura de burla que será recordada más por su fracaso que por todos los goles que haya marcado en su carrera. La inmediatez digital convierte el error en leyenda, y la leyenda en castigo perpetuo.
14. El panteón de los mártires: Baggio, Sócrates y otros
Para muestra del horror, el panteón de los mártires. Ahí está Roberto Baggio, el Divino Coyote, que en la final de 1994, después de cargar a Italia a hombros durante todo el torneo, decidió que el balón necesitaba conocer el cielo de Los Ángeles. Su disparo se elevó tan alto que probablemente aún está orbitando la Tierra. El rostro de Baggio, con su coleta triste, se convirtió en el emblema del fracaso. No fue un fallo; fue una ofrenda a los dioses del poste, que aquel día no aceptaron sacrificios.
Y qué decir de Sócrates, el Doctor y filósofo de la cancha, el que fumaba en el vestuario y leía a Platón. En 1982, contra Italia, ejecutó el penalti más bohemio de la historia: corrió, se paró, dejó al portero Dino Zoff (que ya tenía edad para ser su papá) como una estatua de sal, y luego disparó suave, con desdén, al centro. Zoff agachó las manos y atrapó el balón como quien recoge limosna con avidez. Sócrates no lloró; sonrió con la tristeza de un intelectual que acaba de perder una partida de ajedrez contra un niño. Y aunque ya no está entre nosotros, probablemente en el cielo sigue intentando un penalti con pausa, mientras los ángeles le gritan: "¡Doctor, dispare de una vez!".
Y aunque no fue en un penalti, cómo no evocar a René Higuita, el colombiano que inventó la jugada del escorpión. Imaginemos, por puro placer literario, que el loco Higuita se enfrenta a un disparo desde los once metros y decide, en lugar de quedarse quieto, hacer una voltereta hacia atrás y despejar con los tacones. Si lo logra, es inmortal; si falla, es el payaso que se enredó en su propia cabriola. Pero esa es la esencia del penalti: la frontera entre la gloria y el ridículo es más delgada que un bigote pintado con rápidograph de 0.1 mm.
15. El sabor amargo de la eternidad: la condena del que falla
Y luego está el sentimiento del que falla. No es un simple error; es una condena a perpetuidad. El jugador que pierde el penalti decisivo carga con esa losa hasta la tumba. Baggio aún ve ese balón elevándose en sus pesadillas. Sócrates, desde el más allá, sigue corrigiendo mentalmente el ángulo de su pie. El portero que no llegó a la esquina también despertará mil veces con el eco del silbatazo final. Porque el penalti no es un deporte, es una sentencia. Un solo segundo de mala fortuna define una carrera. Y sin embargo, al siguiente torneo, otro iluso se parará en el punto, con su amuleto y su paso de vals, creyendo que él será el elegido. La dulce estupidez de la esperanza.
16. El Panenka: la burla más refinada
Pero el colmo de la ironía, la máxima expresión del desprecio, es el Panenka. Ese toque sutil, casi con la punta de la zapatilla, que manda el balón por el centro mientras el portero se lanza a un costado como un submarino en picada. Es el penalti del arrogante, del que le dice al guardameta: "Querido amigo, he visto su teatro y he decidido no participar. Ahí queda eso". El portero, que ya se veía como héroe, se estrella en el suelo mientras el balón entra mansamente, casi con pereza, por el centro de la portería. La afición no sabe si reír o llorar. Porque el Panenka no es un gol; es una declaración de principios, una sentencia de muerte ejecutada con guante blanco. El portero, tendido en el césped, parece un náufrago que acaba de comprender que no hay isla a la vista. El Panenka es el chiste perfecto en medio de la guerra, la sonrisa del verdugo antes de dar el tiro de gracia.
17. El lenguaje del fracaso: la entrevista post-partido
Y para cerrar el círculo, nada como la entrevista post-partido. El pateador que ha fallado se sienta frente a los micrófonos con el rostro demacrado y suelta un discurso que todos hemos escuchado mil veces: "El fútbol es así", "Hay que levantar la cabeza", "Le pegué como sabía", "Estoy orgulloso de mis compañeros". Pero en sus ojos se ve el vacío, el horror de saber que esas frases hechas no van a borrar el momento, que no van a devolverle el penalti, que no van a silenciar los memes.
Y el periodista, con la crueldad de un cirujano que sabe que su paciente ya está muerto, le pregunta: "¿Qué sintió cuando vio que el balón no entraba?". El pateador, que quiere decir "sentí que el mundo se derrumbaba y que mi alma se partía en dos, y que ojalá el césped se hubiera abierto para tragarme", responde con una sonrisa forzada: "Bueno, son cosas del fútbol". Esa, querido lector, es la mayor mentira jamás contada. No son cosas del fútbol. Son cosas de la vida, de la muerte, y de once metros que pueden destruir una carrera. Pero el lenguaje del fracaso no permite decir eso. El lenguaje del fracaso es un manual de eufemismos.
18. Epílogo: el duelo que nunca termina
Así que, cuando el próximo héroe nacional se pare frente al balón en la Copa del Mundo, no olvide sonreír. Está presenciando el más bello y estúpido de los duelos. Un duelo donde once metros equivalen a una eternidad, donde el balón pesa más que una losa, y donde el público, ese voluble tribunal, pasa del beso en la mejilla al ajusticiamiento en el parpadeo de un árbitro. Porque al final, da igual la estadística, el amuleto, la caminata, las frases del comentarista o la preparación física. Todo se reduce a un hombre que patea una pelota y a otro que intenta que no entre. El resto es ruido de fondo, blanco y gaussiano. El penalti es como el amor: todo el mundo cree saber cómo se hace, pero en el momento de la verdad, la mayoría falla.
Julio, 2026.


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