El epitafio del circo: 90 minutos de ruido sobre césped recién cortado
El epitafio del circo: 90 minutos de ruido sobre césped recién cortado
Fabián Robledo¹
¹frobledo@uc.edu.ve
Introducción
Hay quienes creen que el fútbol es el deporte rey. Hay quienes creen que el Mundial es la fiesta del mundo. Hay quienes creen que una final es la culminación del esfuerzo, la pasión y el talento. Hay quienes creen muchas cosas. Este artículo no está escrito para ellos.
Lo que sigue no es una crónica. Tampoco es un análisis táctico ni un homenaje a los jugadores. Es una autopsia. Una disección sin anestesia de lo que ocurre cuando el balón deja de ser un juego y se convierte en un producto, cuando el estadio se llena de billetes en lugar de almas, y cuando el espectador aplaude sin saber bien qué celebra.
Bienvenidos al lado oscuro del césped recién cortado, en el Mundial 2026, cuya final se efectúa hoy domingo, 19 de julio de 2026.
1. Entrada: bienvenidos al vacío
El MetLife Stadium se alza. Es un monumento, sí, pero no a la grandeza: a la estupidez. El césped, recién cortado, huele a verde y a mentira. 80.000 seres humanos han desembolsado el precio de un vehículo usado por el privilegio de apretujarse en butacas de plástico y ulular durante hora y media, o un poco más. Ninguno sabe por qué. Pero ululan. La masa no necesita causas: necesita catarsis. Necesita creer que el sudor de veintidós millonarios tiene algo que ver con su propia existencia. No lo tiene. Pero la masa no pregunta: obedece. Es lo que toca un domingo de julio.
El césped recién cortado es la metáfora perfecta. Todo reluce. Todo parece fresco. Todo parece limpio. Pero bajo la superficie solo hay tierra, raíces muertas y el cadáver de la dignidad humana. El público entra, sonríe, ocupa su asiento. No sabe que es el payaso. Pero lo es.
2. El dinero: la religión de la FIFA
La FIFA carece de dios y de patria. Posee, eso sí, un tarifario. La entrada más económica para este acontecimiento cuesta 7.000 dólares. Siete mil. Por esa módica suma, el espectador obtiene el derecho a observar a veintidós individuos perseguir un esférico mientras simulan una hostilidad que no sienten. Con ese dinero, en cualquier país medianamente civilizado, se adquiere un automóvil de segunda mano, se pagan varios meses de alquiler o se financia una escapada a un paraje donde no existan marcadores ni himnos. Pero la masa rehúye la sensatez: abraza el estrépito.
La FIFA, en su infinita generosidad, comercializa paquetes VIP a 50.000 dólares. Quien paga esa cifra obtiene un asiento contiguo a un jeque, champán francés y una bandeja de canapés de lenguas de canario australiano para sopesar, entre bocado y bocado, si el fuera de juego era o no era. Quienes aspiran a la excelencia pueden pujar en la reventa por localidades que alcanzan precios exorbitantes. El fútbol, se dice, es el teatro de los humildes. Lástima que los humildes ya no puedan ni asomarse a la ventanilla.
El hincha no concurre a un partido. Asiste a un ritual de autoengaño. Paga por el privilegio de olvidar, durante hora y media, que su vida es un lodazal. La FIFA cobra, sonríe y bendice la ceremonia. El negocio no es el balón: es la desolación de quien cree que un gol redimirá su vacío. Abonar 7.000 dólares por una butaca de polipropileno no denota fanatismo: revela vocación de donante. El espectador es el pobre de la función, pero aplaude. Y adquiere la camiseta con el escudo, por 120 dólares más.
3. El show del descanso: la pausa hipnótica
Mientras los jugadores se retiran a sus vestuarios a simular estiramientos, el césped recién cortado se transmuta en plató de variedades. Madonna, Shakira, Justin Bieber, BTS, Coldplay, Burna Boy. Minutos de coreografía sincronizada, rayos láser, humo de artificio y la esencia misma de la idiotez humana concentrada. La FIFA ha dictaminado que el intermedio no debe ser un respiro: debe ser una dosis de anestesia.
El espectáculo no divierte: narcotiza. Mientras Shakira agita sus caderas y BTS ejecuta su coreografía de robots averiados, los futbolistas se untan pomadas en los muslos y ensayan grimas de dolor. El espectador fija la mirada en el reloj y calcula a cuántas mensualidades hipotecarias equivale su entrada. La música, en este contexto, es el estruendo que se interpone entre el asistente y la conciencia de su ruina.
4. La FIFA: el imperio de la hipocresía
Bajo el brillo de sus logotipos, la FIFA es una trituradora de principios. Proclama el fair play mientras adjudica sus derechos de transmisión al régimen que fusila a su propia ciudadanía, o que lapida, desfigura y mutila a sus mujeres por nimiedades. Pregona la inclusión mientras reserva sus butacas más codiciadas para quienes pueden desembolsa Miles de dólares, y condena al aficionado común a observar el partido a través de una pantalla salpicada de anuncios y comentaristas avidos de notoriedad. Es una institución eclesiástica sin divinidad, cuyo único sacramento es el billete de curso legal.
El fútbol constituye el negocio lícito más lucrativo del orbe. Y la FIFA, su fedatario. Cada gol tiene su precio en el mercado. Cada lágrima de hincha se cotiza en la bolsa de los sentimientos. El espectador desembolsa, ovaciona y enmudece. El auténtico milagro no consiste en que el balón entre en la portería: consiste en que la humanidad persista en la creencia.
5. El arbitraje: la lotería del silbato
El árbitro actúa como el decimotercer jugador sobre el terreno, pero dispone de una potestad que los otros carecen: el silbato. Y no un silbato vulgar: uno que exhala con criterio mudable, memoria selectiva y un banderín cuyo tremor supera al de su propio pulso. Las equivocaciones arbitrales no constituyen meros deslices humanos: representan parcialismos investidos de autoridad. Un penalti en un área no equivale a un penalti en la contraria. El VAR invierte cuatro minutos en trazar líneas imaginarias hasta confirmar lo que ya se había resuelto en el palco de autoridades.
Existen, además, los árbitros de renombre, aquellos más atentos a la fijación de su cabello que al desarrollo del encuentro. El colegiado que señala una infracción inexistente y, tras consultar la repetición en el monitor, se limita a elevar los hombros. Ese gesto no constituye un error: representa un acto de fe. Fe en que el espectador habrá olvidado la jugada al día siguiente. Y el árbitro acierta. El arbitraje, en suma, es el arte de errar con autoridad incontestable.
6. El VAR: el dios que no salva
El VAR se presentó como el advenimiento de la justicia. Ha traído consigo la incertidumbre. Cuatro minutos de revisión milimétrica para determinar si una uña se hallaba o no en posición antirreglamentaria, mientras el espectador, que ya ha abonado su localidad, se muerde las uñas propias y olvida que el fútbol se juega con la emoción, no con el píxel. La tecnología constituye un sustituto admirable de la inteligencia. El VAR, su epítome.
El fútbol fue instinto. Es, ahora, algoritmo. El gol ya no se celebra: se procesa. Cuando el VAR profiere su veredicto, el hincha ignora si debe exultar o plañir. La tecnología deshumaniza. Transforma cada jugada en expediente, cada tanto en litigio.
7. Las pausas de hidratación: el ridículo hecho decreto
Arriba el minuto 22. El árbitro interrumpe el juego. No por una lesión. Por hidratación. Los futbolistas se aproximan a la banda y beben agua, cual infantes en el patio de un colegio. El ser humano contemporáneo ha devenido tan frágil que precisa que le recuerden la necesidad de ingerir líquidos. Y abona una entrada para presenciarlo.
La pausa participa de lo irrisorio. Constituye un recordatorio de que el fútbol ha dejado de ser un deporte de adultos para convertirse en un juego de niños con emolumentos de directivo (menos mal que por ahora la pausa no es para amamantar). En un estadio climatizado y a las nueve de la noche, la justificación se revela inconsistente. La FIFA, sin embargo, necesita la interrupción: otro corte publicitario.
8. La publicidad: el invasor silencioso
El partido ya no se contempla: se ingiere. Cada ciento veinte segundos, un patrocinador irrumpe en la conciencia del espectador. Los carteles electrónicos alternan sus colores con la velocidad de un camaleón en crisis epiléptica con cortocircuitos. Los jugadores exhiben logotipos en mangas, pecho, pantalones, calcetines, y en sus recios zapatos rosados de hombre. El balón muestra una marca. El fútbol se ha convertido en el único escenario donde los actores son, a la vez, el soporte publicitario del marketing por inmersión.
La publicidad no acompaña al partido: lo fagocita. El hincha, obnubilado, ovaciona mientras asimila el mensaje.
9. Los hinchas: la masa infiel
Y luego comparecen los hinchas. Esas criaturas que se embadurnan el rostro con pintura, se graban escudos en la epidermis, se desentienden del hambre del prójimo pero atesoran la memoria de cada gol. Tristemente, pareciera que el ser humano no ama: necesita odiar. El fútbol le suministra un adversario cada jornada.
El aficionado no profesa amor a su equipo: profesa odio al rival. Su pecho se hincha en la victoria, se contrae en la derrota, y cambia de camiseta si el fracaso ha ensuciado su orgullo. La hinchada constituye la forma de amor más voluble del planeta: demanda sin ofrecer, condena sin comprender, venera el emblema pero olvida el nombre del portero que falla un penalti. Absuelven un gol recibido, pero no un pase mal ejecutado. Perdonan una derrota, pero no un fuera de juego. En su hogar, sin embargo, no perdonan un plato sin fregar. Tal es su jerarquía de valores. El amor, en esta escala, es el VAR de la existencia: perpetuamente en revisión.
10. El epitafio del domingo
El trofeo resplandece, pero no nutre. El himno resuena, pero no conmueve. El césped ostenta su perfección, recién segado, pero bajo su verdor solo hay tierra y papel moneda. El espectador ovaciona un tanto que acaso no sea tanto, celebrado por jugadores que acaso no sientan nada, organizado por una FIFA que solo percibe el calor del efectivo. El fútbol fue concebido como entretenimiento del pueblo. Ahora el pueblo paga por inhalarlo, y la FIFA se encarga de la dosificación.
El Mundial no hermana: disfraza la hostilidad bajo el disfraz de la fiesta. La final no dirime nada: certifica que el ser humano precisa un adversario para otorgar sentido a su existencia. Mañana, campeones. Pasado, olvido. La FIFA ha cobrado. El espectador ha abonado. El mayor engaño consentido de la historia. Queda, tan solo, el aplauso.
Epílogo
Quien, después de esta lectura, todavía desee presenciar la final, posee el coraje de un iluso o la condición de un masoquista. O, quizás, simplemente, la de un hincha. La FIFA cuenta con ese individuo. Siempre.
Julio, 2026.


che duele qatar🇦🇷🇦🇷🇦🇷
ResponderEliminarSin desperdicio Fabian y con una tonelada de verdad 👍
ResponderEliminarNunca mejor dicho.
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