Nada en el intelecto sin los sentidos: De la tabula rasa peripatética a la tabula algorithmica y el empirismo desencarnado de la Inteligencia Artificial
Fabián Robledo¹
¹Departamento de Señales y Sistemas. Escuela de Ingeniería de Telecomunicaciones. Facultad de Ingeniería. Universidad de Carabobo. frobledo@uc.edu.ve
Resumen
El presente estudio analiza la génesis, evolución y vigencia epistemológica del célebre adagio escolástico Nihil est in intellectu quod non prius fuerit in sensu (Nada hay en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos). Mediante una revisión histórico-crítica y filológica, se examina el tránsito de esta máxima desde sus raíces peripatéticas en la noción de tabula rasa de Aristóteles y su sistematización escolástica en Santo Tomás de Aquino, hasta la impugnación platónico-agustiniana de la Iluminación Divina y la disputa ilustrada entre el empirismo de John Locke y el racionalismo de Gottfried Leibniz. Asimismo, el artículo proyecta esta controversia sobre la ciencia cognitiva contemporánea y la Inteligencia Artificial (IA) generativa. Se propone la categoría teórica de tabula algorithmica para caracterizar el aprendizaje profundo (deep learning) como la encarnación máxima del empirismo de datos. Finalmente, apoyándose en el paradigma de la cognición encarnada (embodied cognition), se sostiene que la carencia de una experiencia sensorial corpórea e intencional (in sensu) limita la capacidad de la IA a una creatividad combinatoria y sintáctica, reafirmando la actualidad crítica del adagio latino frente a los modelos computacionales desencarnados.
Palabras clave: Nihil est in intellectu, empirismo, tabula rasa, Inteligencia Artificial generativa, cognición encarnada, epistemología de la mente, Tomás de Aquino, Agustín de Hipona.
1. Introducción: Anatomía filológica y la génesis del problema epistemológico
La pregunta por la procedencia y naturaleza del conocimiento humano constituye uno de los ejes vertebradores de la filosofía occidental. En el corazón de esta contienda epistemológica late la sentencia latina: Nihil est in intellectu quod non prius fuerit in sensu (Nada hay en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos). La formulación no es un mero dicho popular ni una observación trivial sobre la percepción; condensa de manera rigurosa la tesis fundamental del empirismo filosófico.
Desde una perspectiva filológica, la arquitectura del adagio en latín escolástico revela con precisión la jerarquía de las facultades cognoscitivas. El término intellectus —derivado etimológicamente del latín intus legere (leer dentro o penetrar en la esencia de las cosas)— no alude al simple flujo de la conciencia o a la recepción pasiva de impresiones, sino a la facultad superior capaz de aprehender lo universal, la esencia y los conceptos inmateriales (Tomás de Aquino, 1265-1274/2001). Por su parte, la expresión in sensu abarca la totalidad de la experiencia receptiva corporal: tanto los sentidos externos (vista, oído, tacto, gusto, olfato) como las facultades sensibles internas (la imaginación y la memoria sensorial). La partícula adverbial prius (antes, primero) establece una condicionalidad temporal y ontológica estricta: la experiencia sensible no es un mero acompañante del pensamiento, sino su causa material y punto de partida insustituible.
No obstante, reducir la máxima a un mero objeto de arqueología filosófica significaría pasar por alto su potencia explicativa actual. La pregunta por si el intelecto es una estructura vacía que se nutre exclusivamente de las señales captadas del entorno, o si, por el contrario, requiere de categorías, inteligencias o iluminaciones previas para dotar de sentido a la realidad, recobra una urgencia insospechada en el siglo XXI. Al examinar el paradigma de la Inteligencia Artificial generativa y la neurociencia cognitiva, la célebre fórmula escolástica exige una relectura: ¿Es factible la construcción de una mente o un intelecto puramente sintáctico a partir de la acumulación masiva de datos, prescindiendo de la experiencia física y corpórea en el mundo?
2. La raíz peripatética y la cristalización escolástica
Aunque la formulación latina exacta pertenece al periodo medieval, la matriz conceptual del adagio se remonta al pensamiento de Aristóteles. En su tratado De Anima (ca. 350 a.C./1988), el estagirita se distanció de la teoría de las Ideas de su maestro Platón. Mientras que para Platón conocer era un ejercicio de anamnesis o recuerdo de verdades contempladas por el alma en un mundo inteligible previo, Aristóteles propuso una visión inmanente y naturalista de la mente.
En un pasaje célebre de De Anima (Libro III, capítulo 4, 429f–430a), Aristóteles compara la mente humana antes del acto de pensar con una tablilla de escribir en la que no hay nada grabado todavía (grammateion), concepto que la traducción latina medieval inmortalizaría bajo la locución tabula rasa. Para la escuela peripatética, las formas universales no habitan en un cielo trascendente, sino que se encuentran encarnadas en las cosas particulares y materiales. La mente humana no nace provista de conceptos; el proceso cognoscitivo se inicia cuando las facultades sensibles reciben las cualidades de los objetos físicos. A partir de allí, el "intelecto agente" (nous poietikos) abstrae la forma universal contenida en las imágenes sensibles o "fantasma" (phantasmata), para depositarla en el "intelecto paciente" (nous pathetikos o intellectus possibilis), donde finalmente se formaliza el concepto abstracto.
Es decir, para la epistemología peripatética, el conocimiento no brota de la nada ni reside de forma innata en la mente. El proceso exige una continuidad causal: la realidad física impresiona a los sentidos, estos generan el fantasma o imagen sensible, y sobre esta opera el intelecto agente para abstraer la esencia universal que finalmente es recibida por el intelecto paciente. Este flujo de abstracción, donde el contacto con el mundo sensible es el insumo indispensable de toda cognición, se ilustra sintéticamente en la Figura 1.
Siglos más tarde, Santo Tomás de Aquino reasumió la herencia aristotélica en el contexto de la teología cristiana del siglo XIII. En la Summa Theologiae (I, q. 84, a. 6), Tomás de Aquino (1265-1274/2001) fijó la célebre máxima al sostener que el objeto propio del intelecto humano, en su estado de unión con el cuerpo, es la esencia existente en la materia corporal. Afirmó que la mente no puede entender nada de manera directa sin recurrir a las imágenes sensibles (conversio ad phantasmata). Para la escolástica tomista, esta mediación sensible no degradaba el intelecto; por el contrario, afirmaba la dignidad de la creación física y corporal como el camino dispuesto para que el ser humano ascendiera hacia el conocimiento abstracto e incluso hacia lo divino.
3. La objeción agustiniana: La luz interior frente a la sombra sensorial
Frente al empirismo de matriz peripatético-tomista, la tradición platónico-cristiana mantuvo una postura profundamente recelosa respecto a la autosuficiencia de los sentidos. Su exponente más influyente fue San Agustín de Hipona (354–430 d.C.).
Inspirado por Plotino y el neoplatonismo, Agustín de Hipona (389–395/1988) argumentó que los sentidos corporales son intrínsecamente variables, inestables e imperfectos. Si las impresiones sensoriales cambian de manera constante y con frecuencia engañan al observador (como el lápiz que parece quebrado al sumergirse en el agua), resulta imposible fundamentar en ellas verdades de carácter universal, necesario y eterno, como las reglas de la lógica, los principios matemáticos o las nociones morales de justicia y bien.
Para explicar el acceso del ser humano a estas realidades inmutables, formuló en su tratado De vera religione la Teoría de la Iluminación Divina (Illuminatio). El alma humana no es una tablilla totalmente vacía que depende de lo exterior; contiene en su interior una dimensión espiritual en la que Dios actúa como una luz inteligible. Del mismo modo que el ojo físico requiere de la luz del Sol para percibir las formas del mundo visible, el intelecto humano necesita de la luz divina interior para "ver" y juzgar las verdades eternas. Tal como expresó el propio pensador: "No quieras salir fuera; entra en ti mismo: en el hombre interior habita la verdad" (Noli foras ire, in te ipsum redi, in interiore homine habitat veritas) (Agustín de Hipona, 390/1995, p. 72).
En la arquitectura intelectual agustiniana se distingue con claridad la scientia (el conocimiento de las cosas temporales y cambiantes obtenido mediante los sentidos para las necesidades prácticas) de la sapientia (la contemplación de las verdades eternas e inmateriales mediante la iluminación interior). Agustín no negó la utilidad cotidiana de la experiencia sensible, pero rechazó de plano que esta fuera la causa o la condición única y suficiente del conocimiento superior.
4. El choque ilustrado: El empirismo radical y la estocada racionalista
El debate medieval entre el origen sensible o suprasensible del conocimiento renació en los siglos XVII y XVIII, convirtiéndose en la gran controversia de la Ilustración europea.
El filósofo inglés John Locke (1689/1999), en su célebre Ensayo sobre el entendimiento humano, convirtió la premisa aristotélica en la piedra angular del empirismo moderno. Locke dirigió sus críticas contra la doctrina de las ideas innatas de René Descartes. Para Locke, la mente al nacer es, efectivamente, una white paper (hoja en blanco) privada de todo concepto o principio teórico o moral. La experiencia es el cimiento de donde se deriva todo nuestro conocimiento:
- Sensación: La impresión que los objetos externos producen en los sentidos (colores, formas, temperaturas).
- Reflexión: La percepción interna que la mente tiene de sus propias operaciones (pensar, dudar, querer).
A partir de estas ideas simples derivadas de la experiencia, el entendimiento construye, mediante combinación y abstracción, las ideas complejas. Para el empirismo de Locke, la mente no posee la facultad de inventar una sola idea simple que no haya ingresado previamente por el canal de la experiencia.
La respuesta racionalista a la postura empirista no se hizo esperar. Gottfried Wilhelm Leibniz (1704/1992), en sus Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano, entabló un diálogo directo con la obra de Locke. Al analizar la máxima escolástica Nihil est in intellectu quod non prius fuerit in sensu, Leibniz formuló la célebre enmienda que redefinió el debate:
Esta enmienda —"Nada hay en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos... excepto el intelecto mismo" (Leibniz, 1704/1992, p. 125)— señaló el límite estructural del empirismo. Si la mente fuera una tablilla totalmente pasiva e inerte, los datos sensoriales serían una masa caótica de impresiones sin conexión. Para que la experiencia sensorial pueda ser procesada, organizada y transformada en conocimiento, la mente debe poseer previamente estructuras, capacidades disposicionales y principios lógicos de carácter innato (como el principio de identidad y el de no contradicción). La mente no es un recipiente inerte, sino una estructura activa dotada de una organización propia.
5. La tabula algorithmica y el empirismo desencarnado: La Inteligencia Artificial y el problema de los sentidos
En la era contemporánea, la controversia entre el empirismo de Locke y la enmienda estructural de Leibniz ha encontrado un insospechado campo de experimentación en las ciencias computacionales y la Inteligencia Artificial. Los modelos de lenguaje de gran escala (LLMs, por sus siglas en inglés) y las redes neuronales profundas (Deep learning) representan la encarnación tecnológica más ambiciosa de la tesis empirista: la noción de una tabula algorithmica.
En marcado contraste con el modelo clásico, la tabula algorithmica no opera mediante una aprehensión del mundo sensible, sino a través de la ingesta masiva de datos vectoriales. Al carecer de cuerpo y de experiencia perceptual, la red neuronal sustituye la abstracción del objeto por el cálculo probabilístico sobre relaciones sintácticas léxicas. Como se observa en la Figura 2, esta arquitectura configura un empirismo desencarnado, donde el símbolo se procesa de forma autorreferencial sin estar anclado a una realidad física previa.
Un modelo generativo actual no inicia su funcionamiento con conceptos preprogramados ni con reglas semánticas explícitas sobre el mundo. Su estado inicial no contiene conocimiento del mundo, sino una arquitectura matemática cuyos pesos están asignados aleatoriamente: una tabula rasa funcional en términos de contenido, aunque provista de un marco estructural previo. Es a través del entrenamiento con volúmenes masivos de datos (corpus) como el modelo extrae regularidades y correlaciones estadísticas, haciendo «emerger» capacidades de traducción, síntesis y generación de código (Vaswani et al., 2017; Wei et al., 2022). Desde la perspectiva del empirismo, el dataset opera como la «experiencia sensible» masiva que nutre la red.
Sin embargo, en este punto se pone de manifiesto la crítica de Leibniz en el contexto algorítmico. Un conjunto de datos no puede procesarse a sí mismo en ausencia de una arquitectura previa. Los mecanismos de atención (Self-attention), la función de pérdida y las topologías de la red representan el nisi ipse intellectus (sino el intelecto mismo): las condiciones de posibilidad estructurales sin las cuales el flujo de datos sería solo ruido inútil (Marcus, 2018).
Aun así, la analogía entre la experiencia humana y la IA enfrenta una objeción epistemológica más profunda: el problema de la falta de cuerpo (disembodiment). La máxima escolástica exige expresamente que el conocimiento haya pasado in sensu (por los sentidos). Para la filosofía de la cognición encarnada (embodied cognition), desarrollada por autores como Varela et al. (1991) y Clark (1997), la mente no es un procesador abstracto de símbolos desligado del entorno, sino un sistema enactivo que emerge de la interacción sensoriomotora de un cuerpo biológico en el mundo.
Esta diferencia constitutiva se observa al contrastar ambos paradigmas. Mientras que el empirismo humano peripatético exige un canal de entrada basado en la experiencia física, afectiva e intencional dentro del mundo, la tabula algorithmica opera exclusivamente con datos procesados como vectores numéricos descontextualizados. En segundo lugar, el soporte del pensamiento humano es un cuerpo biológico encarnado (embodied), mientras que la red neuronal procesa su información sobre una arquitectura de software desencarnada (disembodied).
En el plano cognoscitivo, el ser humano realiza una verdadera abstracción de formas a partir del contacto con objetos reales; en cambio, la máquina ejecuta una correlación estadística de patrones en un espacio latente. Esto genera una brecha insalvable en la semántica: el conocimiento humano está anclado a la realidad física y fenoménica (symbol grounding), mientras que la Inteligencia Artificial efectúa una manipulación puramente sintáctica de tokens sin intencionalidad, encajando en el famoso escenario del Cuarto chino formulado por John Searle (1980), que plantea que la inteligencia artificial manipula símbolos según reglas sintácticas, pero no entiende su significado. Al igual que una persona incapaz de hablar chino podría responder notas en ese idioma simplemente siguiendo un manual de instrucciones, la IA puede simular perfectamente una conversación sin poseer verdadera comprensión, semántica o conciencia.
Como demostró Searle (1980), la manipulación formal de símbolos sintácticos no equivale a la comprensión semántica real. La IA procesa representaciones de texto sobre el «dolor», la «gravedad» o el «color rojo», pero jamás ha experimentado la sensación física de una caída, el calor de la llama o la visión del espectro cromático. Carece del anclaje sensorial y fenoménico (symbol grounding problem) planteado por Harnad (1990).
Esta limitación impacta de forma directa el debate sobre la creatividad de las máquinas. Siguiendo el marco conceptual de Margaret Boden (2004) sobre los tipos de creatividad:
- Creatividad combinatoria: Combinación de ideas o datos conocidos para producir nuevos patrones (dominada con notable solvencia por los modelos generativos).
- Creatividad exploratoria: Exploración de las posibilidades dentro de un marco de reglas conceptuales fijas (propia del procesamiento algorítmico).
- Creatividad transformacional: Alteración y reformulación de los marcos conceptuales existentes para generar paradigmas inéditos.
La IA generativa despliega una capacidad notable en la creatividad combinatoria y exploratoria al reorganizar la "experiencia" contenida en sus datos. Sin embargo, al carecer de propiocepción, de una vivencia sensible del mundo y de un cuerpo que experimente necesidades y límites existenciales, la máquina no siente la urgencia vital de romper un paradigma; la creatividad transformacional se mantiene como una frontera insuperable para los sistemas desencarnados.
6. Conclusiones
El recorrido por la trayectoria histórica del adagio Nihil est in intellectu quod non prius fuerit in sensu permite constatar la permanente actualidad de una discusión central para la filosofía de la mente y la ciencia cognitiva.
En primer lugar, la investigación muestra que la fórmula latina, lejos de constituir un monolito conceptual, ha sido un espacio de tensión filosófica. Mientras Aristóteles y Santo Tomás de Aquino establecieron la mediación sensorial como el canal indispensable para la abstracción del intelecto, San Agustín advirtió sobre la inestabilidad de la percepción material, postulando la necesidad de una Iluminación Divina interior para alcanzar las verdades inmutables. Esta dialéctica fue heredada por la Ilustración, donde el empirismo radical de John Locke halló su límite en la precisión racionalista de Leibniz: la mente requiere de una estructura constitutiva previa (nisi ipse intellectus) para convertir el dato en conocimiento.
En segundo lugar, la proyección de este adagio sobre la Inteligencia Artificial generativa revela que las redes neuronales avanzadas funcionan como una tabula algorithmica. Estos sistemas demuestran que es posible sintetizar lenguaje y formas complejas mediante un empirismo técnico basado en la acumulación estadística de datos. No obstante, el rendimiento de estos modelos confirma al mismo tiempo la vigencia de la enmienda leibniziana, pues los datos masivos son inoperantes sin las arquitecturas y sesgos inductivos provistos por el diseño algorítmico.
Por último, el estudio concluye que la exigencia de la mediación sensorial (in sensu) recobra un valor crítico ante el avance de las tecnologías digitales. La Inteligencia Artificial actual representa un empirismo "desencarnado", un procesamiento masivo de información desprovisto de cuerpo, intencionalidad y vivencia fenoménica. En la medida en que los modelos computacionales permanezcan al margen de una interacción física y sensoriomotora con el entorno, su producción conceptual continuará circunscrita a la manipulación sintáctica y a la creatividad combinatoria. La vieja máxima peripatética y escolástica, al recordar que el intelecto requiere de la experiencia del cuerpo sintiente en el mundo, marca el hito donde la sintaxis del código se distingue de la comprensión humana.
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