Catón en la Facultad de Ingeniería: Apuntes sobre el difícil arte de convivir con la naturaleza

Fotografía: Fabián Robledo.

Catón en la Facultad de Ingeniería: Apuntes sobre el difícil arte de convivir con la naturaleza

Fabián Robledo¹

¹Departamento de Señales y Sistemas. Escuela de Ingeniería de Telecomunicaciones. Facultad de Ingeniería. Universidad de Carabobo. frobledo@uc.edu.ve 

Si Marco Porcio Catón el Viejo (234-149 a. C.), aquel senador romano que terminaba cada discurso con su famosa sentencia Delenda est Carthago (Cartago debe ser destruida), levantara la cabeza y caminara por los predios adyacentes a la Escuela de Ingeniería Industrial, de los Auditorios 1 y 3 y del Departamento de Idiomas, en la Facultad de Ingeniería de la UC, seguramente cambiaría su famosa frase. En lugar de pedir la destrucción de Cartago, pediría la demolición de la mala previsión. Porque, seamos honestos, hay cosas que deben hacerse bien, y plantar un árbol de raíces gigantescas a un metro de una losa de concreto no es una de ellas, o viceversa dependiendo de cuál fue el origen causal del problema.

Fotografía: Fabián Robledo.

Las fotografías que acompañan estas palabras no son solo un testimonio de las dificultades, sino un tratado de física aplicada y biología en tiempo real. El árbol central, con esa imponente raíz que parece un pulpo de madera, ha levantado la losa del suelo. No podemos culpar al árbol; él solo cumplió su naturaleza. El verdadero pecado original fue de quien diseñó el paisaje: un planificador que, en un arranque de optimismo, creyó que las raíces de un árbol de gran porte respetarían las normas de tránsito peatonal, y el lindero decorativo de bloques ladrillos.

Fotografía: Fabián Robledo.

Pero si observamos con detenimiento el borde de esta losa, encontraremos una verdadera obra maestra de la improvisación. No solo está fracturada; ha sido levantada en varios grados, creando un escalón traicionero que desafía la gravedad y la dignidad del peatón. Alguien, con más voluntad que presupuesto, decidió aplicar una capa de concreto adicional para disimular el boquete y nivelar el problema. Es el equivalente arquitectónico del "pañito de agua caliente": un parche que tapa el síntoma, pero que no cura la enfermedad. 

Fotografía: Fabián Robledo.

La losa sigue quebrada, el agua sigue filtrándose y el musgo, ajeno a las buenas intenciones, sigue creciendo alrededor de este remiendo. Es un intento loable de mantener el orden, pero en el fondo es una metáfora perfecta de nuestra realidad universitaria: aplicar parches de concreto sobre problemas estructurales, esperando que la naturaleza, el tiempo y la falta de presupuesto no se den cuenta.

Fotografía: Fabián Robledo.

El resultado es un micro-paisaje de "ingeniería disruptiva": el concreto, que alguna vez fue un sendero transitable, ahora es una escultura post-apocalíptica. Y si miramos al fondo, las ramas secas acumuladas en el suelo parecen una instalación de arte contemporáneo titulada Barreras de la burocracia. Caminar por ahí requiere más habilidad que un examen de cálculo avanzado; es un circuito de obstáculos donde el estudiante debe esquivar el verdín, saltar la losa rota y agacharse bajo las ramas, rogando porque no le caiga una encima con exceso de lignina.

Fotografía: Fabián Robledo.

Sin embargo, no todo es culpa del destino. Hay una hojarasca acumulada que, con un simple rastrillo y algo de voluntad, podría haberse retirado. Esa capa marrón que cubre el suelo no es solo un manto otoñal en pleno trópico y verano; es el recordatorio de que a veces la micro-gestión falla incluso cuando la macro-economía asfixia. 

Fotografía: Fabián Robledo.

Y luego está el tronco caído, ese que se apoya con la elegancia de un invitado incómodo contra la pared lateral oeste de la propia Escuela de Ingeniería Industrial, como si quisiera susurrarle secretos de gravedad a la edificación que forma a futuros expertos en complejos procesos de planificación. Un detalle que, más que un problema de presupuesto, es un problema de no tener una motosierra, machete y rastrillo a mano.

Fotografía: Fabián Robledo.

La pintura, otrora orgullo de esas paredes de líneas rectas y colores azules, blancos y rojos, hoy muestra un estado que conoció tiempos mejores. El moho y el musgo han decidido hacer su propio show de variedades bióticas, tiñendo los muros de tonalidades verdes y grises. 

Fotografía: Fabián Robledo.

Fotografía: Fabián Robledo.

Y qué decir de esos ventanales de ladrillo que alguien, en un acto de creatividad desesperada, tapó con bolsas plásticas. Es una solución que, si bien no pasa un examen de estética, demuestra la inventiva de un personal que hace lo que puede con los escasísimos recursos públicos que recibe. Es resiliencia con bolsas de basura.

Fotografía: Fabián Robledo.

Ese diseño arquitectónico clama por un poco de dignidad. Los estudiantes no necesitan un jardín de rosas; necesitan que el suelo no se levante como una trampa y que las ramas no sean un nido de alimañas o un riesgo de caída. La asfixia presupuestaria ha hecho que los universitarios de la Universidad autónoma, con uñas y dientes, sigan ejecutando sus procesos para el bien de la sociedad. Pero el mantenimiento de las áreas verdes no debería ser un lujo, sino una prioridad básica. Y aquí, querido Catón, es donde tu espíritu de árbitro de lo correcto se hace necesario para exigir que lo que se haga, se haga bien.

Fotografía: Fabián Robledo.

Señores, si Catón estuviera aquí, nos miraría con esa severidad de censor romano y nos diría: "No basta con lamentarse por el presupuesto. Exíjanse planes de mantenimiento a largo plazo, diseños que respeten la naturaleza y, sobre todo, un mínimo de vergüenza para que el espacio donde se forman los ingenieros no parezca un yacimiento arqueológico".

Fotografía: Fabián Robledo.

La próxima vez que pasen por estos auditorios, no miren el bello y gran árbol con censura. Miren la losa rota, miren el musgo, miren las bolsas en los ventanales, y recuerden que Delenda est la insuficiente previsión.

Octubre, 2026.


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